Amaneció el día todo dorado, con 27 grados a la sombra. Claro que en vez de ir al encuentro de una casita con flores frente al río tuve que salir a patear Colón en busca de un mecánico honesto. Me sentí Diógenes motorizado por esos caprichos de la mitología.
Resignada, después de verificar que el petiso seguía en su escondrijo como si fuera el Jorobado de Notre Dame y al borde de darme por injuriada, aplacé la ofensa para otra oportunidad y recurrí al Sereno.
—A ver, ¿usted sabe dónde habrá un mecánico maso... Como la gente, digamos, por acá? ( final de "El auto y las Luciérnagas -2 -)
El sereno se detuvo en mi cara un largo e incómodo rato.
— Un mecánico… ¿Cómo la gente, dijo?
— Sí. Justo eso.
— …
— Perdone, ¿está mal?
— ¿Quién? ¿Yo?
— No, jaja. Disculpe… No digo que usted está mal. Digo que si está mal pretender un mecánico “como la gente”.
— Hum… comprendo. Bueno, usted sabe que hay cosas raras.
— Pero… (¡Ay!) Mire, olvídese.
— ¡Ah, no! Claro que hay mecánicos… estee… Mejor le pregunta mañana al dueño, le recomendará lo mejorcito que tenemos.
— ¿Le parece? ¿Y a mí que me dice? El dueño es de la Capital, en cambio usted es local. ¡Vamos, déle! Qué no va a saber… ¡Por favor!
— Por eso mismo. Quiero seguir viviendo acá. Ejem. Tengo que verificar las cocheras. Que tenga usted muy buenas noches.
Me encerré en la habitación y escribí de un tirón una parte del “Patio Encantado”.
Al otro día, después del desayuno y la 7ma. del “Patio… ”, fui derecho al abordaje del dueño acosándolo con preguntas acerca de mecánicos honestos.
El tipo no respondió de inmediato, no. Sí se envolvió al toque en un silencio sospechoso ingresando en una especie de estado meditativo o dubitativo, no sé, Tacho, pero me empezaron a asustar los mecánicos locales (si es que había), aparte del de la ruta. ¡Nadie tiraba un nombre!
Al fin y después de consultar concienzudamente un índice telefónico, el hombre acabó recomendándome una ex - estrella de Fórmula Uno, vecino honorable del pueblo y mecánico joya de esos parajes.
Jubiladísimo, eso sí.
En esto cayó un tercero que metiéndose de lleno en la conversación agregó dos expertos más, conformando de esta manera una improvisada terna de especialistas en ciencias mecánicas para rodados. ¡Ya tenía tres opciones! Me retiré en medio de reverencias, agradecidísima y transpirada hasta el tuétano.
Dado que el calor no daba tregua, opté por una ducha y un almuerzo descansado. "Nada es para siempre", me repetía con un optimismo falsete.
Hacia la tardecita decidí visitar el río, antes que nada. De pronto me sobraba el tiempo. Ahhh... ¡El río! Ya buscaría a los cráneos mecánicos al otro día, a ver qué onda.
Pero mi enorme debilidad con triste sorpresa me aguardaba: la crecida era imparable y la playa brillaba por su ausencia. Apenas se podía circular por el camino costero — otrora florido vergel — convertido en ciénaga a punto de tragarse cualquier vehículo en menoscabo de condiciones.
Me detuve incrédula. ¡Vaya con mi mala racha! Tampoco el río estaba en su sitio. Deambulé buscando un pedazo de playa, una cucharada de arena, medio kilo de ágatas; no sé, algo capaz de testimoniar el ensueño entregado en el pasado. Pero ¡nada!
Enfrascada en tan apóstatas derrotas, no advertí la trampa fanganosa: el llamado de la madre tierra me detuvo en seco. O mejor dicho, en lodo. Que no seco, qué va. Más que llamado fue un acto del príncipe: me hundí hasta las rodillas en un jodido lodazal. (¿Soy boluda? ¿Qué tan boluda se puede ser?) Muy despacio y ahuyentando de mi imaginación la posibilidad de arácnidos subterráneos ávidos de dedos y talones, fui tirando las piernas hacia arriba despreciando el llamado de la madre tierra en un imperdonable arrebato de negación mística.
Nunca, pero nunca en mi vida, Tacho, imaginé que la fuerza de gravedad poseyera tal potencia, jeje; no hubo forma de sacar las patas con las ojotas enganchadas al dedo gordo.
Ni modo.
Ahí quedaron enterradas, en ofrenda involuntaria al lodazal que me hospedara con tan exagerado sentido de posesión. Casi rezo por ellas, compañeras entrañables de desgracias, gracias y arquetipos colectivos de todo miniturista que se precie. Claro que yo no estaba de turismo; ni mini, ni maxi o extra large. No. Yo estaba de penitencia. Y resulté por lo visto una muy torpe penitente. No me gustan los amores asesinos, Tacho. Y ese era un comienzo cantado.Entre la filosofía de arcilla que me carcomió las chancletas y el valor que me abandonó, logré el cóctel exacto para obtener la libertad condicional: quedé suelta, librada a mi propio azar, que no garantizaba nada bueno, tal como venía la mano. En patas, eso sí.
El asunto se complicaba a un ritmo preocupante: de pronto me encontré a oscuras, en patas, a pata y a merced de mi mala pata. Te juro, Tacho que todavía no me entra en la cabeza la mala estrella que me parió en ese reputísimo viaje.
Me volví al hotel triste, solitaria y final. Mentira, solitaria no: fui regiamente escoltada por una nube de mosquitos antediluvianos que si no eran del dengue, eran hijos de la aspid venenosa.
El sordo clamor de murciélagos abandonados al cuarto menguante de una luna acosada por tinieblas lacrimosas completaban un cuadro espontáneo de gran dramatismo gótico.
En eso, ¡pisé mierda! ¡Mierda! ¿Será posible, Tacho? Parece que no era suficiente con tener las piernas embarradas, negras totalmente hasta las rodillas incluidas; no. Debía ir por más.
Arrastré los pies por el pasto para limpiar un poco la cosa, pero las luces del hotel no me ayudaron a pasar desapercibida. Al verme en semejante maniobra, el sereno, que estaba brindando a unos turistas rezagados una imagen de la impecabilidad del hospedaje, se interrumpió bruscamente con los ojos cruzados sobre mis piernas.
Nada de Marlene, pobre Dietrich, jeje…
Detuve en seco el operativo de emergencia limpia-mierda y sonreí como si estuviera en una ceremonia de Feng Shui. A la mirada del sereno se sumó la de los turistas: no todos los días se ven personas luciendo medias tres cuartos de barro, chorreantes y fulgurosas. Francamente, no me atreví a espiar mi reflejo, Tacho. El gran espejo de la recepción me acechaba como un paparazzi impertinente.
Lo más grave fue que el sereno no me preguntó siquiera por delicadeza qué me había pasado. Eso es feo, Tacho. Parece que esperan cualquier ridiculez de una. En fin, me ahorré las explicaciones, desistí de salir nuevamente y me metí en la cama, previo asegurarme de que sus cuatro patas estuvieran en su sitio.
No fuera a ser cosa…

9 comentarios:
¡Vaya, vaya! Si cuando a uno/a se le tuercen las cosas...
Con el sereno me he reído: "Quiero seguir viviendo acá" Le faltó decir: "A mi no me meta en líos"
La jugarreta del río rematada por la llegada al hotel, muy buena.
Espero con ansiedad la continuación.
Un saludo
Jesús
hola, Jesús: Ay, uff, gracias por pasar, pero le falta una buena planchada, está plagado de arrugas,no sé cómo lo subí así... Ruégote te pases de nuevo, dame 24 hs, por favor, ¡tengo que salvar el honor, che!
Te mando un besote.
Ya está adecentado. Besos.
¡Muy bien! El planchado ha sido profesional. Lo has pulido conservando la frescura de la historia.
Sigo pensando que la escena del sereno al preguntarle por un mecánico, y la de la llegada al hotel después de la visita al río es fenomenal, las veo, y eso es por la claridad, y la perfección de su narración.
Me ha encantado, y a pesar de haberlo leído y sabiendo lo que iba a pasar me he reído bastante.
No tardes con la continuación.
Un abrazo
Jesús
Ay, Jesús, no me tardaré. Te lo prometo. Y ¡muchas gracias! por regresar.
Te ha copado la parte del sereno, y no te falta razón, pese a que creí no haber sido lo suficientemente gráfica; mirá, el tipo es de esos que no tienen una expresión definida, o sea, no demuestran emoción alguna, tanto pueden decirte que se cae el mundo como que nos han perdonado la deuda externa con la misma carota, jeje. Pero de tonto ni un pelo.
Es que en ese viaje fue todo muy grotesco e inesperado. Te juro, cuando no podía sacar las patas del barro... ¡tuve que hacer mucha fuerza! Y al tiempo luchaba por no dejar las ojotas en el lodazal, pues se me escurrían sin remedio, no quería quedar descalza. Al fin, se quedaron allí (en otros viajes bromeba con ir al lugar con una pala a buscarlas, jaja).
Y la cara del sereno cuando me vio fregar los pies en el césped -como hacen los perros, ¿viste?- con las piernas embarradas, no tengo forma de describirla, ¡jaja!. Habrá pensado: "esta es como los patos: "Un paso, una cagada", literalmente, en fin.
Bueno, trataré de terminarlo pronto; es algo que nos distrae un ratito de las turbulencias cotidianas.
Gracias, Jesús, por la atención de volver a pasarte.
Un abrazo grande.
Mónica, qué mona le quedó la casita al Tacho; me encanta el nuevo color, de vez en cuando hay que hacer reformas.
Bueno, me he reído con estas peripecias, y me he preguntado cómo pueden pasarle a una sola persona todas juntas, che, jajaja, es demasiado. Y eso que el día amaneció dorado, pero la prota acabó negra.
Yo no quiero decir nada, porque luego todo se sabe, pero… no sé si este gremio te acabará por poner una querella, che, con la afición que tú le tienes, digo, ya lo hubieras hecho de ser a la contra; no es momento, no, pero recuerdo que por mucho menos me he ganado unas cuantas de cierta amigota abogada, jeje. Será que un mecánico como Dios manda, es una especie en vías de extinción. Por aquí es igualito, te digo.
“Digo que si está mal pretender un mecánico “como la gente””.
La conversación es imperdible, fresca, con desparpajo, lo que hubiera dado por verla por un agujerito; hay cosas que no tienen precio. Son placeres para sibaritas. Me encanta las dudas que le plantean a la prota de encontrarse un buen mecánico en un lugar así, jaja; para ella es como encontrar una aguja en un pajar. Y el tipo medio ofendido “¡Ah, no! Claro que hay mecánicos…”, lástima que no sean los relatos filmados.
Ah, lo de “prota” es para no ganarme una nueva querella, una acaba aprendiendo. Por aquí aconsejan decir “supuestamente” y así te puedes acordar de la mamá de alguien, siempre que sea “supuestamente”, no ocurre ná.
Jajaja, no te digo yo, y encima querías que el tipo respondiera de forma inmediata.
“fui derecho al abordaje del dueño acosándolo con preguntas acerca de mecánicos honestos”.
Ah, no, ahora resulta que han de tener una edad límite, sibarita es poco, jeje.
”Jubiladísimo, eso sí”.
Y después de encontrar ¡tres opciones! Decides que ya buscas al día siguiente, eso, después de armar el quilombo, se te van las prisas y te dedicas a hacer turismo, o a intentarlo, al menos. Pero te encuentras de cara con la madre naturaleza, y el lodo, o en su defecto el jodido lodazal, jajaja, sorry, pero me hizo reír bastante todo ese episodio. Menos mal que no te dedicas a las agencias de viajes, a preparar vacaciones a otros. Mira lo de rezar en un momento así por las orejotas, es para partirse, yo salgo corriendo de allí como sea, uff, ya lo creo que es grave lo de la gravedad. Qué momentazo, horrible.
Por lo menos te acompañaron al hotel, jeje. Vaya tela, completito el viaje…
No te quejes, que dicen que da suerte, claro, que, ay, qué asquete, y más si vas descalza…
”En eso, ¡pisé mierda! ¡Mierda! ¿Será posible, Tacho?”
¡Madre mía!, ¿por qué no sacaste fotos?
Jajajajaja, di que sí, nena, nunca se ha de perder el glamour, bajo ninguna circunstancia
”Detuve en seco el operativo de emergencia limpia-mierda y sonreí como si estuviera en una ceremonia de Feng Shui”.
Sinceramente, espero que fuera después de tomar una ducha calentita, y una buena dosis de gel revitalizante, y ¡perfumado!
Bueno, son experiencias en la vida, jeje, tómalo por el lado bueno, si lo hay… ¡lo que se aprende! Ya tengo intriga en ver qué pasa al día siguiente, como cada uno es más interesante e intenso que el anterior, jeje. A ver cómo amanece…
Me ha divertido, no digo que me ría de tus desgracias, che, pero es que es muy accidentado esto; ni que lo hubieras pedido a posta, no sale tan “bien”, jeje.
Te mando un abrazote grande,
Margarita
Ja, ja, Turkesa, no puedo menos que celebrar con una carcajada las vacaciones tan entretenidas que conseguiste en el campo. Lo del coche averiado te dio una amplia gama de posibilidades para conocer a gente interesante, hay que decirlo. Y, claro, el planeta evoluciona, con decirte que con el último terremoto en Chile el eje de la Tierra se movió 11 grados, ¿cómo no iba a cambiar de sitio el río? Lo malo es que caminar por la arena se convirtió en un preámbulo de la película “El pantano”. Bueno, la verdad no sé si se haya filmado, pero ahí dejo la idea para quien desee cogerla. Tuviste suerte, ché, que al lodo solo se le hubieran antojado tus sandalias, de lo contrario no estarías contando la historia.
Hablando en serio, me ha encantado leer tus anécdotas, siempre con esa chispa argentina, a la que sabes sacarle filo. Me imagino la facha de rockera que debiste tener al entrar al hotel, ¡botas hasta los muslos! Y ni más ni menos que de un material adherible, claro, lo del olor por lo que puedas haber pisado le daba un toque de autenticidad, no hay duda. Turkesa, estoy segura de que tu sonrisa Feng Shui debió surtir el efecto esperado. Suele suceder que los turistas y el sereno hagan simbiosis. Es lo normal con el Feng Shui, así que tranquila. A partir de allí es posible que todo cambie, no tengo la menor duda.
Solo me queda enviarte un gran abrazo y desearte la mejor de las suertes con el arreglo de tu cacharro, pero después de lo del Feng Shui es capaz de que se convierta en un Ferrari rojo, así que atenta al cambio.
Un abrazote, preciosa,
Blanca
Hola, Marisol: ¡Jaja, qué mala gente sos, preguntarte entre risas, "cómo pueden pasarle a una sola persona todas juntas, che, jajaja, es demasiado. Y eso que el día amaneció dorado, pero la prota acabó negra."
Te pido por favor que omitas incluir en tus comentarios al Petiso, y/o hacerlo blanco de infundios mediante tus insostenibles burlas, que es como tomar ventaja en una carrera de tortugas, ¡caramba, nena, estás muy del moño!
Total, total.
Y no te quejes, que para eso estoy shó. Jeje.
¿Cómo voy a acordarme de sacar fotos con las patas enlodadas y habiendo pisado mierda, para más inri?
Me encantó tu comentario. Gracias.
Un besazo.
Hola, Blanca: Ja, ja, chanta, te has reído de lo lindo a mis costillas, o mejor dicho a costillas de mis ¿vacaciones? Y no contenta, además te hacés la geómetra enlazando el desplazamiento del eje terrestre con los desplantes que me hizo la madre naturaleza el último verano. ¡Vamos, che! ¡Qué poca onda con la mala pata de la prota...!
"... no puedo menos que celebrar con una carcajada las vacaciones tan entretenidas que conseguiste en el campo. Lo del coche averiado te dio una amplia gama de posibilidades para conocer a gente interesante, hay que decirlo. Y, claro, el planeta evoluciona, con decirte que con el último terremoto en Chile el eje de la Tierra se movió 11 grados, ¿cómo no iba a cambiar de sitio el río?"
¡JAJA!
"Hablando en serio, me ha encantado leer tus anécdotas, siempre con esa chispa argentina, a la que sabes sacarle filo.":
¡Ahh, bueno! Así, sí... (Jeje).
"Solo me queda enviarte un gran abrazo y desearte la mejor de las suertes con el arreglo de tu cacharro"
¿Perdóoon...? ¿Dijiste "cacharro"? Es decir, ¿te has referido al Petiso como "cacharro"? ¿Osaste llarmarlo "cacharro"? ¡Madre mía, Blanca! Esto es una afrenta, un disgusto que no estoy segura de poder digerir; una feroz herida al Ego, a mi compulsiva vibra de atraer problemas, al derecho de propiedad che, que el Petiso es un sujeto de derechos, ¡si nada más le falta hablar! (Jeje, y menos mal que no le ha dado por allí).
Muchas gracias Blanca por tan simpático y ocurrente comentario.
Un abrazo grande.
PD: Ya pondré una foto de mi debilidad de cuatro ruedas, a fin de que puedan envidiarme... En fin.
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