El auto y las luciérnagas - 1





Pocos días me resultan tan desconcertantes como el 25 de diciembre, Tacho. Y no es que me molesten las fiestas; sencillamente, el 25 me agarra desorientada: no tengo hambre ni sed, ni resaca, ni sueño, ni parientes, ni nada. Así que aproveché esa anodina fecha para buscar un refugio de verano.

Un viaje de tres horas y ya estaría a la orillita del río Uruguay pisando las miríadas de ágatas que alfombran la frontera entre la arena y el agua; podría escoger alguna casa con flores y vista a ese “cielo azul que viaja” para vacacionar luego de año nuevo sin necesidad de negociar sobre la marcha. De paso le tapaba la bocaza a mi familia, que ha hecho de la crítica absurda hacia cada paso que doy, su deporte favorito.

No obstante, tuve un rapto de bondad -que atribuyo a esa época del año- y los invité a sumarse a la partida, cuando en realidad me quería ir sola.

Igual, nadie me dio bola.

Es decir, echaron mano al mismo ardid; se hicieron los amables: “Claro, te acompaño.” Pero a último momento se tiraron por la ventanilla del auto. Yo me hice la ofendida, ellos saben que fue puro teatro y yo sabía que ellos sabían que yo sabía.

No hubo drama pues.

Allá fui una soleada tarde de Navidad, más contenta que perro con dos colas. Hice pie previamente en una gasolinera para controlar los fluidos del rodado que, como siempre, estaban ok.

No, si el “petiso” es de fierro.

Fue un viaje delicioso y puntual. En la ruta no había un alma.

La tarde se desnudaba en carmesíes lejanos detrás del verde profundo de los campos, templados por chicharras enloquecidas que preanunciaban jornadas abrasadoras.

 Cerca de las ocho, bajo un cielo crepuscular y trasparente, mi meta apareció al alcance de la vista: “Colón: 12 kmts.” Regio. Puse a Cafrune y Marito a cantar “Río de los Pájaros” y avisé al hotel que estaba llegando. Me sorprendí reflexionando sobre el pecado original, no sé si por culpógena que soy o de opa nomás. En tan trascendentes meditaciones y a medida que iba cebando mi fantasía repleta de sauces y agua dulce, percibí un ruidito... No le di bola. Pero la indiferencia no dio resultado. El "ruidito" enseguida se transformó en un “traca - traca” espantoso, horrible, imposible de ignorar, parecía que el petiso se iba a partir en pedazos.

Lo primero que se me frunció fue el bolsillo.

"Esto es grave”, me aterré. Y por milésima vez maldije al dinosaurio que viene meándome incontinente desde hace dos años.

Me detuve al costado de la autopista frente a un cartel de letras desparejas y gastadas: “Aquí Mecánico las 24 horas.” Observé el predio: una casa de campo, un niñito corriendo gansos, olor a pan recién horneado... Gente de campo. “No es un pirata de las rutas”, razoné. Ergo, me mandé a los trancazos del “traca - traca” que me arrancaba pedazos de corazón.

Enseguida apareció una mujer rubia y seguramente bonita, si no fuera porque le faltaban algunos dientes.

“El mecánico, por favor, ¿está el mecánico? ¿Podrá atenderme?” Casi imploré, recordado que era el atardecer de la Navidad, día inmóvil, si lo hay.

La mujer me dijo que ya venía y el nene aprovechó para mostrarme el camión que le había traído Santa. “¡Qué camionazo, está rebueno!” festejé, pensando que con toda seguridad el juguete andaba mejor que el muy ingrato del petiso.

El mecánico hizo su aparición portando un sombrerito alado y un rictus de gravedad. De inmediato y sin siquiera mirarme, se hundió en los intestinos del petiso haciéndome señas de vez en cuando para que lo ponga en marcha. Al rato se fue, siempre en silencio, para regresar con una valijota repleta de herramientas.

A lo lejos, las primeras luces de la ciudad ribereña de Colón iniciaban su cadena de secretos nocturnos. El crepúsculo era derrotado por un mar sediento de estrellas y una luna llena irrevocable, desbordada de luz. De pronto el campo se tornó plateado y azul, el perfume de los naranjos, esencia elemental... Y el mecánico destripaba mi auto sin piedad. La mujer le alcanzaba las herramientas en una ceremonia silenciosa y grave, de tal suerte que me pareció estar en un quirófano de médicos sin fronteras. En un momento, a una señal del médico, digo del mecánico, la mujer desapareció dentro de un cobertizo.

De regreso a la realidad, me acerqué al hombre preguntándole qué tenía el auto, si ya había dado con la falla, en fin, “¿Se puede saber qué pasó?”, susurré medio aterrorizada por la respuesta que podría recibir... Inútil: el tipo no respondía. Ni siquiera me miraba; continuaba como hipnotizado revolviendo los intestinos del petiso.

Di la vuelta por el otro lado y volví a la carga: "¡Señor! ¿Qué pasó con el auto? ¿Se rompió algo en especial... ?"

Cero pelota.

"¡Señor! ¿Se puede saber cuál es el desperfecto?"

Nada. Ni medio gramo de registro por parte del mecánico.

Caray, ¿cómo es esto de no contestarme, Tacho... ? Después de todo yo era la clienta ¿no? Ni bola me daba el hombre; estaba en otro mundo, metido en el abdomen de mi carro mientras numerosos hilos de sudor le corrían por las mejillas.

No abandoné así nomás, Tacho. No.

“Hey, señor, ¡oigaaa! ¿Se puede saber qué tiene el auto?” “Señor, por favor, ¿me puede contestar?”

Nada.

Justo cuando iba a agarrarlo del brazo, apareció la mujer con una luz portátil. Al reparar que yo hablaba y gesticulaba como una desquiciada, soltó lacónicamente: “Señora, no insista, es sordo.”

¡Mierda! Un mecánico sordo. ¿Existen, Tacho? Deben contarse con los dedos de una mano. Y yo tuve la puntería de dar con uno.

En ese momento la noche ya era un manto decidido de estrellas, los olores campestres se hicieron intensos y bandadas de luciérnagas invadieron el predio en una danza luminosa, bañada de esmeralda y brevedad. Me quedé atónita: no veía una luciérnaga desde no sé cuánto tiempo atrás; tanto, que alguna vez pensé que habían desaparecido por culpa del calentamiento global, o fueron arrastradas por la Corriente del Niño, o el gobierno las había expropiado, vaya a saberse. Pero no. Allí estaban, frente a mis ojos, bellas y distantes, en pleno movimiento.

Desenfoqué la vista y ya no supe distinguir qué era luciérnaga, y qué, estrella.

Me invadió una especie de cansancio bienvenido, así que me derrumbé en el pasto con la mirada directa al cielo surcado por luciérnagas bajo un tapiz de estrellas vacilantes. No sé cómo hice Tacho, pero te juro que me olvidé del auto, del mecánico sordo y la mujer desdentada, del quirófano en medio del campo, del precio de la cirugía de urgencia, y de todo lo que no fuera ese firmamento milagroso que se extendía sobre mi cabeza.

Tampoco sé cuánto tiempo pasó hasta que una estrella fugaz me hizo reaccionar. Enseguida pedí un deseo, por costumbre, por mi niñez, por ... Y no pedí por el petiso, no. Detrás de ella, una lluvia de estrellas fugaces surcó el horizonte para ir a morir quien sabe en qué comisura del tiempo.

Al fin, las cintas amputaron el delirio cósmico que me aquejaba. Sí, las cintas: es que el hombre seguía destripando el auto, mientras la mujer le alcanzaba pinzas, tenazas, destornilladores, cintas... ¿Cintas? ¡Cintas, sí! ¡Estaba encintando cables! ¿Qué otra cosa? O sea, el asunto iba en vías de solución.

Energizada por el seudo viaje astral que me había abducido, pregunté a la mujer si ya estaba listo el muy puto de mi cacharro. Ella a su vez interrogó por señas al mecánico.

El tipo se quitó la gorra y las gafas con una lentitud casi agresiva, miró largamente el vientre abierto del petisito... y ahí se quedó, colgado. ¿De una pesadilla? ¿De un sueño? ¿De cuánto podía cobrarme... ? Yo pensaba todavía más despacio que él... preparada para la patada reparadora de justicia. Pero no. Se mantuvo en un silencio largo y obstinado. Me desanimé al instante: el fulano es, evidentemente, experto en pinchar sueños.

¡Qué de soretes sueltos hay por ahí, Tacho!

En tan deliciosas reflexiones estaba, cuando el tipo abrió la boca. Por fin, menos mal, no era sordo mudo, sino sordo, nada más. Abrió la boca para destrozar sin anestesia cualquier atisbo de ilusión que aleteara en mi cabezota. Claro, total no oye, lo pueden insultar a granel que ni se entera.

Haciendo gala de tan injusta inmunidad, dijo que el auto no estaba listo ni por asomo; que era el motor, que era grave, que iba a costarme una pequeña fortuna, que debía dejar el auto una semana e ir a buscar los repuestos al país vecino.

¡Ay, Tacho! No te puedo explicar el pasmo violento que me sobrevino y la velocidad con la que bajé a la tierra... nada más te digo que las estrellas fugaces son lerdas al lado del ataque que me agarró. Debe haber sido fuerte, porque me puse a dar vueltas alrededor del auto a diez metros del piso, incapaz de soltar palabra.

En el predio se hizo un silencio espeso; el quirófano quedó a oscuras luego de que suturaran las heridas del petiso con un seco golpe del capot.

Una vez soltado el diagnóstico, el médico, la enfermera con el instrumental y el niñito con su camión de juguete desaparecieron dentro de la casa. (Sentí envidia de la fea por ese camión, Tacho, ya sé que es un sentimiento de mierda, pero bueno, el nene lo hizo rodar por el pasto y NO hacía “traca – traca”).

Me quedé sola al lado del petiso agonizante, rodeada de luciérnagas, de lo más molestas.

“Esta gente está rematadamente loca”, pensé.

Por un instante apelé a un desvarío tan pasajero como chaparrón de verano y me pregunté si no se trataría de una pesadilla onda Alicia en el País de las Maravillas, ¿captás, Tacho?

En eso reaparecieron los tres, esta vez sin escalpelos ni el camioncito. Se me pararon delante y me miraron con severidad. Yo no dije nada... ¿Tenía que decir algo? Dado que no se movían, no hablaban, no nada, me senté en una laja y me agarré fuerte la cabeza metida entre las rodillas. Habrán pasado por lo menos tres minutos eternos en los que esta escena no se modificó... Cómo cuando se congela la imagen, ¿viste, Tacho?

Al fin, me incorporé. Creo que los asusté, porque retrocedieron de inmediato.

Dado que se aguardaba alguna reacción de mi parte, dije que no, que gracias, que me remolcaran al hotel y que luego vería.

Sin mediar palabra, en un tris tras, dos gordos -que no sé de dónde salieron- ataron el auto al remolque. Una viejecita sorpresiva, armada de un bastón y sonrisa desdentada supervisaba la maniobra. En menos de lo que canta un gallo estuvo todo listo y allá partimos, en triste caravana, la camioneta del siglo pasado del mecánico arrastrando al muy traidor del petiso con una soga, mientras los gordos y la ancianita saludaban con la mano. Jeje. Incluso me pareció que el muy reputazo del auto se reía de mí.

No sé porqué siempre me suceden estas cosas, Tacho.

El caso es que de la más incontenible furia interior pasé a la lasitud de los condenados.

Para colmo de males, las luciérnagas había desaparecido.

Claro que yo veía todo negro...

7 comentarios:

Margarita dijo...

Ay, gracias, amiga, por la parte que me toca de la dedicatoria; me emociona. Porque entiendo que yo soy una de las amontonadas, jeje. Nunca me habían nombrado así, che, pero, bueno, una dedicación es una dedicación.

“no tengo hambre ni sed, ni resaca, ni sueño, ni parientes”

Vaya que a ti el 25 te agarra tipo Zen, casi te veo meditar en la posición del loto :).

Jaja, por lo visto la crítica es el deporte favorito de toditos los parientes y las madres que los pa…ejem. Estos sí que dan para cuentos y cuentos…

Sí, la vida es puro teatro, como me reí con este párrafo. Me encantó, tiene mucho ritmo y es como dices. La educación, es un arte por en que hay que saber moverse. Imagina si invitas de compromiso y van y te dicen que sí. ¡Horror! Es como para pensar que no le enseñaron modales ni sirven para vivir en el mundo civilizado, en fin. Por suerte, estos sí estaban en el ajo de las buenas maneras.

“No, si el “petiso” es de fierro”.

Jajajajaaaa. Esto…no coment, que luego puede ser utilizado en un tribunal.

“La tarde se desnudaba en carmesíes lejanos detrás del verde profundo de los campos”

Caray, no te abandona la poesía en momentos así ni en textos desenfadados. Precioso.

La estampa muy bucólica, la del campo, pero fíate de las apariencias, que te llevas cada sorpresa. Pa’ mí que sería un mal de ojo del mecánico ese del cartel cochambroso, para que le caiga algún cliente. Parece que estaba en las últimas y un poco autista. Por momentos me dio la impresión de esas pelis de terror donde el coche falla justo en uno de esos estados sureños, tipo La matanza de Texas. Hasta que:

“No se desespere; no la oye: es sordo.”
Jajajjajaaja, eso es genial. Cómo me he reído.

Escena mágica la de las luciérnagas donde las haya, con lo que me gustan; ambas, la magia y las luciérnagas. Te aclaro.

“del mecánico sordo y la mujer desdentada”

Ay, mira qué lindo título si te diera por trenzar su historia de amor. Eres muy heavy, amiga.

Mucha, poesía, música celestial y viajes astrales, pero qué cosa tan fea sentir envidia de un pobre niñito…

Hay momentos así, claro, en las que las luciérnagas te transportan a un mundo mágico y cuando regresas te topas con que son unos insectos de mierda, sí. Bueno, la poesía no es lo mío, jaja. Magníficamente dibujado. Está genial.

No, sí que parece un cuento mágico, con la aparición de los dos gordos y la vieja, salidos de la nada.

“Una viejecita sorpresiva, armada de un bastón y sonrisa desdentada supervisaba la maniobra”.

Jajaja, ¡ay, Dios! ¿Sería la abuela de la rubia bonita?

“mientras los gordos y la ancianita saludaban con la mano”

Qué escena, impagable. De película de Almodóvar, por lo menos.

Me ha encantado, Mónica. Es estupendo como mantienes el equilibrio entre las pinceladas de poesía, magia y el humor descarnado, crudo. Elegancia y glamour en medio de buenas dosis de humor. Para mí que cada vez escribes mejor, las musas te llevan en su palma.

Lo único, bueh, no es muy importante, pero, ahora te dio por darnos las cosas en capítulos. Ay, es cierto, lo bueno viene en pequeñas dosis. Pero que vengan, che. Que ya tengo ganas de ver cómo sigue la autora y los avatares con su pequeño y querido pituso.

Debería destacar todo el texto, pero no daría el espacio.

Por aquí estaré puntual para la próxima. Esto… ¿puntual? Porque la autora conoce dicho vocablo, no? Jaja.

Un abrazo enorme.

Marisol

Jesús García dijo...

¡Vaya viajito! con lo bien que se lo esperaba y va el coche, el petiso, y se la juega ¡y bien jugada! llegando a un lugar donde un mecánico, sordo, muy suyo por cierto, se mete en quirófano sin importarle un comí el cliente.

"La tarde se desnudaba en carmesíes lejanos detrás del verde profundo de los campos, templados por chicharras enloquecidas preanunciando jornadas abrasadoras." Este parrafo me ha encantado.

Qué recuerdo cuando he leído: "
Puse a Cafrune y Marito" lo ví una vez aquí en España, era un niño (hoy hombre, imagino) con una guitarra más grande que él. Me gustó mucho.

Volviendo al tema, en aquel taller salían operarios como le crecen los enanos a los problemas. Gordos,vieja, camioneta ¡vaya Navidad!

En esta ocasión no has puesto, continuará... pero espero que lo haga, me ha gustado y estoy deseando saber como termina esa Navidad.

Un saludote.
Jesús

Turkesa dijo...

Hola, Marisol: bonito y pícaro comentario, con veladas críticas negativas hacia mi petiso de cuatro patas redondas, che, ni que fuera de tracción a sangre... ¡caramba con vos! (creo que fallaría menos, jaja). Bueno, el caso es que tu comentario es bonito, lleno de gracia y simpatía. Y sobre todo, amable y salpicado de ese humor acerca de lo cotidiano que te caracteriza y que me has arrancado más de una sonrisa. Amen de destacar la poesía, ja, mientras la tarde se deshace sobre un grupo de lo más pintoresco, si lo hay, y un auto de pesadilla.
Me encantó.
Te agradezco pasar por estos verdaderos brotes que me aúllan la fuerza de sus embates, que no son tales, claro. Mirá si voy a quejarme... (Buéh, mejor me llamo a silencio).
Un besote.

Turkesa dijo...

¡Qué tal, Jesús! Qué alegría verte por este brote navideño, saturado de hechos inesperados. Me alegra que te haya hecho reír, que te haya agradado, en fin... Acá entre nosotros, yo creo que el auto me odia, che, jaja. Pero no impidió que la tarde me robara la poesía, ¡muchas gracias por destacarla! Obvio, esto está basado en hechos reales, apenas apenitas exagerados, o casi nada, te diría. Porque de veras de veritas que juro haber visto las estrellas fugaces. Y todo.

Y sí, sigue. Dos o tres partecitas más. O el google me bloqueará por mufa manifiesta.

Un besote.

Gracias de nuevo.

B. Miosi dijo...

¡Pero que comienzo vacacional más aventurero! No te digo yo? no sé cómo te las arreglas siempre para vivir esos momentos inolvidables, Turkesa.Mónica, y en eso me haces recordar a una amiga que creo que dejó de ser mi amiga, pues hace treinta años que no la veo, decía: "¡tengo un ojo clínico para los desgraciados!",

Pues verás, después de todo, si no te hubieran sucedido esas pequñeas cosillas no hubieras podido disfrutar de la vista "abducida" de la lluvia de estrellas, ni hubieras podido envidiar en forma al chicuelo dueño del camnión que no hacía ruido. Tampoco hubieras podido dar con el único mecánico sordo, ¿es que se puede ser mecánico sin oir absolutamente nada? ¿Cómo se dan cuenta cuando el motor hace esos ruidos que tantos les gusta hacer para indicar que están hartos? Por sistema braile, supongo. Eso es. Ponen la mano en la superficie y escuchan todo, En el caso de tu mecánico metió la mano en el abdómen de tu coche, un cirujano en toda tu potencialidad, sordo.

Si te hubiera sucedido eso en Venezuela, con seguridad el hombre te hubiera reparado el auto, y se hubiera montado tras el volante y te hubiera dicho !Adiós!, luego te hubieras quedado en la carretera, sin poder ver las luces del hotel porque aquí no hay electricidad. Estamos en emergencia por lo de la Corriente del Niño, que sólo atacó a Venezuela por el odio que le tiene a Chávez.

Pero lo bueno es que vives en un país en el que todavía una mujer sola puede viajar por carreteras y darse el lujo de que le jurungen el carro y le den un diagnóstico.

¡Ay Mónica, no acostumbro reírme de las desgracias ajenas, pero te confieso que me he reído de la forma como cuentas tus desgracias!

Perdón, amiga, es inevitable.
Recibe un fuerte abrazo con mucho cariño desde este país tropical!

Besos!
Blanca

Turkesa dijo...

Hola, Blanca: "¡Pero que comienzo vacacional más aventurero!"
¡Jajaja! Claro, chica. No se dónde sacaste que me había ido a un paraíso perdido. JEJE. Nada que ver. Habrá sido en otro año o en otra vida. (Bueno, no quisiera que se ofendan los Colonenses ni los sanduceños, que el Río Uruguay es un bellezón...)
"no sé cómo te las arreglas siempre para vivir esos momentos inolvidables"
No, si no me cuesta mucho, te juro que no sé yo tampoco cómo me arreglo para vivir momentos de esta naturaleza, ¿viste? (jaja) Ahora, Blanca querida, eso de compararme con esa amiga que no ves hace treinta años y que decía: "¡tengo un ojo clínico para los desgraciados!" ¡Jajajaja! ¡Cómo me reí con esto! Ah, no che, no te acepto esta afrenta; acá se dice algo así como que una es "radiador" porque atrae todos los bichos, en casos clínicos como el mío.
"Pues verás...si no te hubieran sucedido esas pequeñas cosillas no hubieras podido disfrutar de la vista "abducida" de la lluvia de estrellas..."
¡Obvio! Gracias por el consuelo, che, jeje. Con amigas así da gusto, siempre viendo el lado positivo de las desgracias ajenas, znif.
"Tampoco hubieras podido dar con el único mecánico sordo, ¿es que se puede ser mecánico sin oir absolutamente nada? ¿Cómo se dan cuenta... Por sistema braile, supongo. Eso es."
¡JAJAJAAA! Me lo imagino con la mano arribota de la panza del petiso detectando por braille, pero che ¿eso no es para los ciegos? Este, ver, veía. Eso sí, se perdió las baladas de amor del petiso. Y los estertores, jeje. En fin.
"Si te hubiera sucedido eso en Venezuela, con seguridad el hombre te hubiera reparado el auto, y se hubiera montado tras el volante y te hubiera dicho !Adiós!"
Andáaa... ¿Son más chorros que acá? Bueno, es que vos no conocés al petiso. Esteee... iba a decir que le preguntes a Marga, pero mejor no. No sabés las barbaridades que ha dicho del petisito; no hay derecho,yo estoy encariñada con mi cacharro. Incluso he pensado seriamente en demandarla pero no encuentro Tribunal que me de bola, jaja. Por daño moral, claro.
Bueno, Blanca, aparte de que ya sé lo que está sucediendo en tu tierra, eso de que la corriente del Niño sólo atacó Venezuela por el odio que le tiene a Chavez, no tiene desperdicio. ¡Jajaa! Tu chispa y ocurrencias siempre me arrancan unas carcajadas bienvenidas. Que viste que una se arruga menos cuando se ríe que cuando llora. JEJE. (Vaya, me he ido a la estratósfera).
"Pero lo bueno es que vives en un país en el que todavía una mujer sola puede viajar por carreteras y darse el lujo de que le jurungen el carro y le den un diagnóstico."
Con todo lo de la inseguridad, y demás, debo decir que en eso tenés razón. Bueno, es que estaba lejos de Buenos Aires y muy cerca de una ciudad, pero sí, la gente del interor suele ser bastante gaucha. (Yo soy del interior, jaja)
"¡Ay Mónica, no acostumbro reírme de las desgracias ajenas, pero te confieso que me he reído de la forma como cuentas tus desgracias!
Perdón, amiga, es inevitable."
¡JAJAJA! ¡Qué chanta sos, che!
Bueno, no, en serio, es la idea, yo también me río, no te vayas a creer. Claro que lo hago luego de que me sucedió todo y el tiempo tamizó las malas ondas. Que por suerte, me duran lo que dura un suspiro.
Me encantó tu paso por acá. Me has alegrado el rato, amiga. Muchas gracias por tan salpimentado comentario. Has estado muy graciosa, che.
"Recibe un fuerte abrazo con mucho cariño desde este país tropical!"
¡Ay, gracias! Pero lo de "tropical" me mata... me pone melanco... Mira, ya sé toda la murga que se trae Chávez, amigote de nuestra Reina Cristina, no te vayas a creer que son privilegiados, pero por lo menos, tengo entendido que es un país hermoso. El mío también, desde ya, pero lo tropical siempre dispara mi imaginación.
Ya ves, no todas son malas.
Te mando un besazo.

B. Miosi dijo...

¡Ja, ja, ja, !!!