La Intervención (III)

Stress tempranero y Buenos Aires esperándome ahicito nomás, no encontré firulete que me permitiera esquivar la milonga. Por lo tanto, fui a dar a BOsTA de nuevo a fin de componer los componentes que se rebelaban en mi malogrado esqueleto.

Tampoco era nada del otro mundo; algo te pasa en la vida, Tacho; alguna vez, en una vida digamos -no avanzada- pero larga, ¡vamos!

La gente de BOsTA es macanuda: no te da casi bola, con lo cual tenés que esforzarte muchísimo para el trámite más nimio, Tacho. Tanto, que si llegás enfermo, salís fortalecido, aunque más no sea momentáneamente.

Yo quedé encantada con la novedad de semejante terapia, ¿“sicología inversa,” se llama?

Bueno, no importa. Suficiente con señalar que en BOsTA lograron que me olvidara de mis males discrónicos y me enfermara –siguiendo la costumbre o el consuetudo mitológico que la caracteriza- de una amplia e imprecisa gama de dolencias innominadas.

No soy capaz ahorita mismo de precisar de qué, pero que caí en la catrera como una mosca, caí.

Y vos sabés, Tacho, cómo funcionan los engranajes de la azotea craneana; se achicharran al sol, les agarra humedad y se oxidan, o se congelan en la noche de los trámites. Este último creo que fue mi caso. Aunque no estoy segura, precisamente por lo que te digo.

El asunto es que ya había comprado sin querer los fuegos de artificio para las Fiestas de finde -algo neutralizados en las ferias-, torceduras varias y otras cuestiones accesorias que, cómo suele suceder, siguen la suerte del principal, cuando... ¡parió la abuela!

Así, de una eco salió un hijo bobo -un mioma, bah-, y... un quiste. Un granito. Una mierdita de tres centímetros.
En fin. Que “esto es normal, no pasa nada, pero para quedarnos tranquilos andá hacete este análisis.” No te imaginás, Tacho, lo obediente que puede ponerse hasta la persona más complicada, cuando le entra a espolear el bichito de la duda cruel.

El resultado fue apenas superior al máximo normal. ¡Qué me voy a asustar! Para nada... Me zambullí de cabeza en Internet, luego de que un par de médicos amigos me cortaran la comunicación al teléfono en el momento en que les preguntaba por décima vez lo mismo, buscando una respuesta ya formateada en mi disco de ¾, pero que parece no quería ser consecuencia de mis interrogantes. ¡Qué gente jodida son los médicos! Y no te digo, si saben que el paciente es boga. No te quieren ni tocar, ni mirar, por las dudas de la mala praxis. Una manga de paranoicos no curan ni a un mosquito con una chancha gripe , Tacho, ¿no es cierto?

En Internet encontré que ese resultado era más bueno que Lassie, que era indicativo de nada, y que para mayor seguridad, lo lógico era repetir la eco.

Una amiga –la única que me queda- hizo denodados esfuerzos a fin de impedirme indicar a los facultativos qué era lo que tenían que hacer. Lo logró, mirá si estaba obediente yo...

Bueno, Tacho, tampoco te pongas así. Esperá que termine de contarte, che. Ahora, ¡vos también...!

El médico, en cuanto vio el resultado, no me dio poca bola; sino ninguna bola. “Esto es quirúrgico. Tomá la orden y andá hoy o mañana a más tardar a la consulta del centro de internación.”

— ¿Pa... pa... pasa algo? —balbucée, con una timidez que no me invadía desde el primer baile a los trece.

— ¿Qué va a pasar? Nada. Que tenés que operarte. Llamame cuando tengas fecha. Quedate tranquila. Chau.

Una maravilla.

Quedé... no tranquila, sino alucinada; como si hubiera visto a Godzilla por la ventana. Después de media hora seguía parada allí, hasta que la enfermera me avisó que cerraban el consultorio.

Al otro día estaba en el Centro de BOsTA, completamente entera, peleándome con el Jefe del Servicio, porque no tenían turno hasta dentro de dos meses.

Finalmente, me atendió una médica amorosa, divina, que me trató como si yo hubiera ido allí por turismo.

— Qué tal querida, a ver...

Con mano temblorosa extendí los análisis y la orden del médico con la derivación.

— Ah, bueno... ajá... mmm... ¡Caramba!, ya veo. ¡Andrea!, alcanzame el libro de Quirófano, por favor.

Mientras tanto, se puso a escribir como una enajenada en talonarios interminables.

Después levantó la vista, me miró risueña y me extendió un montón de órdenes de laboratorio que yo agarré con el entusiasmo de quien acepta un cuchillo del lado del filo.

— Te hacés todo eso, querida, y me traés los resultados. Tenés que mandar cuatro dadores de sangre a Hemoterapia. Si está todo okey el siete de abril te internás con doce horas de ayuno y desde ese momento nada de líquidos hasta después de la intervención. Acá tenés la orden de internación. ¿Alguna preguntita?

— Y... mirá: si fueras tan amable de explicarme un poco acerca de la cirugía, el posoperatorio, en fin, las consecuencias... No me importa, ¿sabés? Tengo tiempo —. Respondí con inevitable rabia, sorna y un miedo que no te cuento, Tacho.

— Ah, ¿no te explicaron?

No, tarada, ¿quién me iba a explicar qué cosa? ¿Dios? ¿El arcángel Gabriel? ¿Qué te creés, que esto es parte de la Anunciación?

— No, no me explicaron — gruñí, con los ojos enrojecidos de la ira y el cagazo, y con los puños ídem.

— ¡Pero...! Bueno, escuchá: vamos a trabajar con biopsia por congelación, en el momento, querida. Si el resultado es maligno, quitamos los ganglios y todo lo que pueda indicar... De lo contrario, sólo el mioma. Son unos tres días de internación y te vas a casa.

— ¡¡¡No!!!

— No es nada del otro mundo, querida. Tranquilizate que todo irá bien.

¿Qué me tranquilice, dijo? ¡Ja, ja! Después de “biopsia” y “maligno”, no escuché más nada. Le di las gracias y me fui, con la cabeza hecha una pelota de trapo, el cuerpo hecho un trapo con patas y el entendimiento hecho puré.

¿Adónde tenía que dirigirme ahora? Ah, sí: a Tribunales y después al banco, a verle la jeta a Troplong. Mientras me regodeaba con esos planes sicodélicos, se me cruzó el anuncio de un restaurante: “Menú Ejecutivo: Parrillada con fritas, flan y ensalada.”

No lo pensé dos veces: mandé al diablo el colesterol, los triglicéridos y toda la murga, me senté en una mesa al sol y... ¡lo vi distinto al sol, Tacho! Tenía un brillo tan lindo...

Después de la panzada, ya me sentía mejor. Es más: fantasée con la idea de que no tenía nada, Tacho. Nada de nada.

Bueno, sí: también pensé que tal vez debería adoptar algunos recaudos... qué se yo, hacer un testamento, hablar con Rodo, averiguar cosas... Por ejemplo, ¿cuánto costaría un servicio fúnebre?

Ay, no. ¡Basta!

No hay como el helado de limón a la crema con chocolate almendrado para arrinconar la memoria.

Por supuesto, llegué tarde a todas partes, luego de sacar de quicio al taxista.

5 comentarios:

CARPE DIEM dijo...

Bueno Turke te has pasado con el relato, solo a ti te pueden pasar esas cosas parece que las atraes, tal vez en uno de tus viajes al exterior has visitado lugares con mucha energía que ha conformado un campo magnético a tu alrededor que atrae esta clase de situaciones que te tocan vivir o tal vez no le has dado bolilla a tu salud como corresponde y ahora esta pidiendo a gritos ayuda. Hacele caso pero no dejes de hablar con el tacho, lo hace de maravillas, ya sabes cuando quieras colaboro con la primera edición. Ya estoy pensando en el mejor lugar donde hacer la presentación y como siempre CARPE DIEM

Turkesa dijo...

Carpe Diem: su presencia ¡es bienvenida!
¡Muchas gracias por dedicar su cuidadoso tiempo a estas letras!

Mire, eso de que atraigo ciertas situaciones me parece una... escapada sin consecuencias de su mente, si es que se disculpa en este mismo instante.

Claro que usted debería mínimamente sentir cierta contricción, no sé si está informado que los escritores, o lo que seamos, semos gentes muy hiper histéricas, es decir: o nos batimos a duelo a ver quién come más en "El Cabildo", o nos amigamos y nos vamos de joda a "El Cabildo."
Ya lo ve, todos los caminos conducen a Roma.

Gracias por pasar. Y, sí. Ya sé que serías un representante de primera. No te creas que no lo pienso. Y no te creas que te llevas el chasco de que te nombro nomás, y ándale que hasta Puerto Rico no paramos.

Gracias, muchas.

Tu presencia es gratificante doblemente: para mis letras y para mi persona.

Un abrazo grande.

B. Miosi dijo...

Hola Turkesa! me encanta la manera desenfadada que tienes de contar a Tacho la gama de avatares que atraviesa tu autoself protagonista. Un humor ácido, irónico, claro, que es el que conozco de muchos de los argentinos amigos, incluyendo a mi cuñado, ja, ja,

He disfrutado la lectura, aunque no de las consecuencias. Ya me aclararás este punto.

Besos!
Blanca

Turkesa dijo...

Hola, Blanca! Ahhh... ¡con que un cuñado argentino! ¡jaja! No te privas de nada!

Gracias por pasar y por el comentario.

Me alegro que disfrutaras de la lectura y, créeme: también disfrutarás de las consecuencias. Alucinantes. Pero de las que gracias a Dios, puedo alegrarme, en medio de lo grotesco.

Hablando del grotesco, el sarcasmo, la ironia y demás ingredientes que pueden -con toda justicia- caer pesados al lector respecto del abordaje de esta saga, resultando obvio que está basada en experiencias reales, tal vez pueda servir a otros.

Es que los incidentes habidos, o los trato desde el humor -aunque resulte un humor discutible-, o lo convierto en un dramón, o me callo la boca.

He pensado, sin embargo, que muchas personas pueden tener que pasar por experiencias similares; aspiro entonces que esta lectura pueda arrojar un poco de luz muy en serio de que todos reaccionamos más o menos en similar modo, y de cuánto cuidado hay que tener a la hora de decisiones que recaerán sobre nuestro propio cuerpo, hogar, grupo familiar, etc.

Y que hay maneras de bajar la posibilidad de errores, en un momento en que -por lo menos en mi sociedad- la Salud y la Educación están pauperizadas al extremo; casi te diría que funcionan espasmódicamente y gracias a la buena voluntad de personas anónimas que se juegan y ponen el hombro aunque el sistema los boludea. Me refiero a médicos, auxiliares, enfermeros, etc., que aparecen como ángeles y permiten destrabar las cosas, encarajinadas por obra y/u omisión de los que ingresan a desempeñarse en funciones jerárquicas por acomodo político y, que en general, exhiben una ignorancia, soberbia y falta de sensibilidad absolutas.

Fíjate que yo en parte tuve suerte y en parte, me pude advertir de ciertas cosas.

Pero me pregunto qué sucede con el indefenso -no económico, necesariamente- sino ése que no tiene porqué saber los laberínticos caminos de los sistemas médicos -en este caso-, y se entrega confiado al "sistema" nefasto y aceitado para hacer papilla a los débiles.

Esto me hace acordar al cuento de Naerum: "Un aparato descompuesto": yo sé que no pensó en todo esto, ni remotamente al escribirlo, pero es una perfecta parábola de la crueldad que los sistemas y los poderes de turno practican sin el menor remordimiento sobre sus referentes.

Es tal la cantidad de casos, que al fin la excepción se vuelve costumbre y rige entonces a sus anchas la insensibilidad; ya sea por error, voluntad o conveniencia.
(Sigo luego...)

Turkesa dijo...

(sigo)
En pocas palabras (o en muchas, en mi caso, ja) espero que esta saga, a la vez de entretener, sirva para que otras personas estén avisadas de que todo hay que chequearlo miles de veces, de ser necesario. Y que es muy importante seguir a la propia intuición.

Claro que esto es indicativo que está minada en nuestra sociedad la Fe Pública, o que se ha esfumado el piso de confianza necesario, mínimo, sobre el que descansa toda comunidad.

Por ejemplo, si te subes a un medio de transporte cualquiera, no le pides al conductor los papeles para chequear que están en orden, que el seguro está vigente, que el vehículo se encuentra en condiciones, etc, etc. Lo mismo si vas a atenderte al médico, al dentista, o si te alojas en un lugar, si vas a comer, o mandas los niños a un colegio: no andas preguntando por la habilitación, los títulos… O incluso si vas al cine... la lista es interminable y el mundo se pararía.

¿Y por qué no pedimos esas acreditaciones? Porque confiamos es que está todo bien. Es una confianza inconsciente, una Presunción de Credibilidad. Y está bien que así sea.

Es el necesario piso de Confianza Pública que tenemos incorporado; esa que hace que en un viaje leamos un libro, descansando en la presunta pericia del chofer y la empresa; lo mismo si vamos a operarnos, como este caso, jeje, uno da por sentado que el centro médico está en condiciones, que el quirófano estará en condiciones, en fin.

Bueno, cuando se quiebra esto, el desquicio es violento y los perjuicios se ponen a la orden del día. En medio, está la gente: tú, yo, los que deben prestarnos servicios, nosotros que en otros casos somos los prestadores. Pero todos bajo la intemperie de un sistema que no lo es sino en apariencia. Allí es donde se produce el punto de quiebre y de consecuencias... impredecibles.

No era mi intención ponerme melodramática, pero me has dado pie para formular esta aclaración, necesaria, por lo menos desde mi lugar, pues he pensado mucho durante este recorrido, qué sucederá en otros casos que de pronto te enteras por las noticias, y que no tienen retorno.

Gracias pues, por pasar y permitirme este descargo.

Un abrazo.