ALLEGRO: contracturas citadinas (ma non troppo)

Hola, Tacho, querido. ¿Tenés Diclofenac? ¿No? ¿Ibuprofreno? ¡Pero che! ¿Vos qué hacés cuando te abollás, eh? Ah, perdoná, qué dormida. Claro, te caés del lado del bollo y te quedás quieto, total… quien va a quererte abollado. Y sí. El único abollado que conozco y que tiene pique, repique, arrastre –no, no se arrastra, no te pongas cínico, Tachito, s’il vouz plaît- y levante, es el Petiso.  Porque a veces lo levanta la grúa, ¿viste? El otro día, sin ir más lejos, fui a poner la ficha al parquímetro y justo lo veo pasar colgado de una grúa de las del Mauri… El espectáculo fue un horror. Te juro, Tacho, que se lo llevaron contra su voluntad. Yo corrí detrás del petiso pero fue inútil. Los tipos aceleraron. Y fijate vos: en mi alocada carrera me pareció notar a un pibe como de veintidós años que trotaba a la par mía. Y, como no puedo mirar al costado y correr al mismo tiempo por el descoyuntamiento de los discos de la columna lumbar que se ve que rebotan en las cervicales o qué se yo, lo relojée de chanfle con muy mala leche, Tacho. Porque, ¿qué hacía ese flaco desesperado atrás de la grúa que se cargaba MI auto? Y menos mal que las minas tenemos esa mirada periférica, viste, que con el rabillo del ojo pescamos los eventos de alrededor, digamos; cuestión que los varones, niet. Será por eso que cuando miran un trasero lo hacen directa y descaradamente, cosa de muy mal gusto. ¡Pobres! Es que no tienen la visión periférica nuestra, Tacho. Nosotras también miramos: me consta por testimonios irrefutables ajenos que se puede mirar y admirar detenidamente un buen espaldar masculino sin que nuestro compañero se aperciba; es por eso de la mirada periferix…

Pero me fui a kilómetros del recipiente. 


Buéh, está bien, dame esa aspirina con J&B, ¡qué le voy a hacer! 


Como te decía: el petiso se distanciaba sin remedio de mí, arrestado por las huestes del hambriento gobierno porteño que, no es que sangre por la herida, pero mejor que se preparen para el Apocalipsis del juez Gallardo, porque del pecado de la gula no los salva ni el ángel caído. En fin. La ciudad se ha convertido en una trampera de zorros inescrupulosos para incautos, me dije desarticulada, traspirada, hecha mierda y amargada de solo pensar en el insano e ilegítimo costo del acarreo. Sin tener en cuenta la multa. Porque no te voy a mentir. Se van a cagar, Tacho, pero yo espero que prescriba y no pago nada. ¡De acá! Y no es de jodida, noo. Vos sabés que los del remolque exorcístico porteño tienen la concesión vencida hace años. O sea que perdieron los fueros: no son, no pueden, no nada, no existen… ¡No dejan a nadie en paz! No perdonan una y no hay arcángel que les presente batalla, ya sea celestial o infernal. Ejercen la fuerza punitiva sin inconvenientes incluido el cobro de acarreos y otros rubros, desde ya. Sin contrato vigente que los sustente. Ni bendiciones ni maldiciones. (Bueno, maldiciones reciben a diario, pero se ve que se han sellado con la plata del sindicato porteño, porque no se les pincha una goma, ¡me cachis!) ¿Qué por qué no chillé y les presenté alegato de mejor derecho? ¿Te volviste loco? No, Tacho. Mirá: mientras tengan una ventanilla habilitada y el trucho poder que ejercen sobre los martirizados ciudadanos que circulan a duras penas y pullas en cuatro ruedas, esa pregunta no te la contestan. Te la cobran. Y te extienden un papel execrable en el que ni siquiera figura la personería jurídica que los identifica. Ergo, tal posibilidad no constituye un interrogante, sino una certeza. 


No importa. 


Paré de correr, total ya no distinguía el horizonte citadino. Y de pronto, como en una alucinación recordé que hacía un mes se había quintuplicado el arancel por acarreo sin derecho a alegato previo, ya sea de oreja o de iuris. Jeje. Es que se vienen las elecciones y de algún trasero tiene que salir plata. En fin. Fui a rescatar al peti del secuestro injusto. Claro que antes dije algunas cosas… Bueno, digamos que pequé feo de palabra y de gestos. El muchacho que corría a mi lado se sentó en una saliente de vitrina farfullando compungido: “Ma, yo sabía… Vos no bajaste a tiempo para poner la ficha.” (No, claro, estaba leyendo los rollos del mar muerto para verificar que estuvieran ajustados a derecho)  “Y mirá, má, se lo llevaron en dos patitas, y no pude hacer nada” Jeje. ¡Ay, Señor! ¿Qué hacía mi hijo ahí? ¡Ah, sí! ¡Cierto! Vino a buscarme para ir a un cumple en el peti. Mala suerte. Nos lo arrebataron nomás los concesionarios vencidos pero no caídos. Decime si hay que ser cararrota, Tacho, ¡con la facha del pobre, si bien podría ser el rodado de un indigente. ¡Qué insensibilidad! Pero no, para mí que me miraban por el espejo retrovisor cómo corría y argumentaba violación del derecho constitucional de propiedad credencial en alto, suponiendo que tuvieran espejo y que se hayan percatado de mi galopada y chillidos sordomudos. Y al tacho con las protestas. Ay, perdoname, pero es la verdad. No me quiero pelear Tachito con vos, te juro. No te ofendas justo ahora que estoy descoyuntada, dolida, mal herida, ofendida, y repodrida.

Ah, ¿no te conté?  De la cintura para abajo ando a corticoide inyectable B 12 limpio. La cosa fue que venía medio ladeada cuando se me cayó una tele de 29 pulgadas de las viejotas y la quise atajar x q venía cayendo de costado. Y la atajé nada más para que se cayera de frente boca abajo (como las tostadas que caen del lado del dulce, ¿viste?) y en el intento de este último ataje empujé con el culo otra tele que iba a sacar para poner esta, que se fue a la mierda también. Me quedé en éxtasis mirando el desmadre agarrándome la cintura un rato, después me acordé que creo en los milagros y a gatas fui y, boca abajo como estaba la tele grandota (la otra ya venía amarreteando media pantalla, por eso el cambio), la di vuelta despacito, con la escoba lista pa' juntar los pedazos de pantalla, pero no, che: hacía más ruido que sonajero de chimpancé, pero andar, ¡andó! Y anda. No se rompió nada, apenas unos raspones que ni se ven. Y suenan cosas sueltas adentro, pero no importa, si todo funciona. Jeje. En un ataque de optimismo pensé que con el golpe se había arreglado la otra tele y capaz se veía la pantalla entera, pero no, esa entró en coma preventivo. Salvada la tele grande, más contenta que perro con dos colas me fui a barrer las cenizas del volcán chileno al patio, pese a un insistente dolor en la pierna izquierda, ovarios, panza y todo lo que se te ocurra del lado izquierdo, costillas incluidas. Ergo, en medio del ballet del barrido de cenizas quedé como bailarina de Colón en paro: en ángulo recto de 90º con la cintura en un grito sin poder moverme. 

Lo que siguió es una vergüenza y un calvario que no pienso contarte.

¿Qué decís… ? ¿Que me tome un tinto? Pero, no, che, ¡no seas bruto! ¿No ves que ando con Piridinol, Diclo, B 12, onda corta, magneto y RPG…?  No. BoSTA no lo cubre, imaginate vos… Estee, ¿conocés un huesero? No, no dije traumatólogo. Ni chino acupunturista, ni digitopunturista, ni nada de esa fauna. No es que no crea, Tacho, ¡si yo me creo todo lo que me dicen, che! Me refiero a un hue-se-rooo. … Está bien, perdoná. Tenés razón. Traeme el vino, andá. Por no despreciarte, ¿eh?  Y porque esta noche le pego al Valium y chau pichu. ¿Que no se puede? Que no se puede, ¿qué, Tacho? Dejate de joder, es media pastillita más tarde. El vino me lo tomo ahora. Vos tranqui...

¿Tenés leverwurst?   

No te rías, que esto es serio, Tacho.

Se ha ido don Ernesto Sábato.



Otro ángel que parte hacia la Luz. Buenos Aires de luto, recibe las lágrimas irrestrictas de un cielo acongojado. La ciudad se ha vestido de Compasión. 


Las letras de luto, la Ética de luto. 


En cada jardín las flores, con su llanto, son tumba improvisada de un héroe que miró a los ojos de las grandes inequidades. Y que nunca bajó la vista, aunque la estuviera perdiendo. 


Ernesto Sábato y la estatua de Ceres.


- «¿O será uno de esos seres solitarios y a la vez temerosos que sólo resisten la soledad con la ayuda de ese gran enemigo de los fantasmas, reales o imaginarios, que es la luz?». (Sobre héroes y tumbas)

Se nos fue María Elena Walsh. Adiós a la dulce poesía musical de nuestra infancia



Con la desaparición de María Elena Walsh se ha ido un buen pedazo de mi infancia y de por lo menos una generación más o dos. 

Se han mudado la magia y la poesía hacia la patria de los ángeles, el Cielo hoy está de parabienes.


Vaya, con este espléndido video que alguien ha sabido compartir, el sentido homenaje de este blog:




El Auto y las Luciérnagas - 4-



A Jesús García


Al otro día, dorado también, no pude aplazar más el karma y partí presa de horribles presentimientos a visitar la terna de mecánicos recomendados.

Aunque… haciendo un poco de memoria me vinieron a la mente los Mellizos.

¡Los Mellizos! ¡Cómo no me acordé antes! No me explico, Tacho. Bingo, si daba con esos tipos que me salvaron hacía un año ¿o dos? atrás.

Fue durante un desafortunado viaje de cuyos calamitosos detalles libraré a los lectores, por el momento.

Andando del lado uruguayo rompí la cadena de distribución y estos mellizos —mecánicos ambos— se encargaron de la reparación con total idoneidad y buena onda. Además me costó mucho menos que del lado argentino, razón suficiente para impulsar su canonización en la santa sede del A.T.M. (Atormentado Turista Motorizado).

En cuanto me acordé pues, traté de ubicarlos por todos los medios no posibles, salvo Internet, pero niet. La desmemoria me negaba tanto el nombre y ubicación del taller como de los tipos. Sólo tenía fresco el dato de que eran mellizos… Aunque en un esfuerzo regresivo recordé que en verdad eran electricistas de automotores y que en aquella oportunidad habían dicho que la correa de distribución fue cambiada por “el mecánico de al lado”. Yo no reparé mucho en el lugar ni hice preguntas: llegué, vi, pagué y huí.

Pero ahora era distinto; estaba de MI lado de la frontera tras la huella de algún émulo mellizo de los mellizos y/o del supuesto vecino de los mellizos…  Alguno de este lado, obvio. Esperanzada a lo pavo —o sea cuando no tenés más remedio, ¿viste, Tacho?— allá fui enfrascada en una caminata salvaje librada a la ferocidad del sol del verano, en busca del primer candidato de la terna.

Caminé… ¡Uf, cómo caminé! Pensé que era más cerca, pero,  bueno…

Lo escabroso fue cuando con 45 grados a la sombra y a las cinco de la tarde rugiente de un verano abrasivo, llegué a la dirección proporcionada por el del hotel y la Casa del Turista y ¡ni rastros de  taller mecánico!

Nada más sobresalía de la línea de edificación un cantero repleto de flores adormecidas al sol con un pié peludo arriba.

Enfrentada al cantero, elevé con pánico la vista rogando que no fuese ahí. Pero era. El número era ESE. En el breve periplo tropecé con el dueño de la pata peluda: un hombre alto, mayor, bronceado, en short y aferrado al mate.

Ambos nos sorprendimos me parece, Tacho, porque si mi mirada fue de descompostura, la del tipo fue de espanto: claro, yo chorreaba agua hasta por las ojotas —otras—, la cara era un tomate amargo a punto para un Bloody Mary y además, del disgusto me derrumbé sin la menor delicadeza sobre el cantero, o sea, desplomé mi trasero sobre las florecillas resoplando entre lloriqueos o lloriqueando entre resoplidos, no me acuerdo bien, al tiempo que clamaba por un vaso de agua. El hombre, muy diligente, me ofreció un mate comentando sin drama que el agua ¡acababa de cortarse en casi todo Colón!

Estaba escrito que si no era el Apocalipsis, yo había comprado uno extra largue para mí sola en alguna mesa de saldos de vidas anteriores…

Renegando del mate y con un hilo de voz, comenté la misión que me condujo hasta ese lugar. El tipo, apenas escuchó que buscaba mecánico, me largó muy suelto de cuerpo que “Es acá. Pero ya no me dedico más a los autos, la gente es muy incumplidora y así no se puede, ¿vio?”

¡O sea…!

(¡Ayyy, qué horror, pero qué karma de mierda, por la cadena de Reutemann, qué pedazo de manada de elefantes han enviado a mearme... ¿los extraterrestres, quizás los enanitos verdes?) 
Tacho, me siento mal… ¿Tenés Tamiflú?

 —Pero esteee... Oiga, ¡haga el favor! Por lo menos vea el auto. Perdone que me presente así… Perdón, ¿usted es el ex - corredor de Fórmula Uno?

—El mismo. —Contestó el tipo, muy orondo. —Pero ahora estoy jubilado. —Concluyó, jubiloso.

(¡El jubilado!)

¿Y qué, Tacho? Si sos mecánico, y más un ex - corredor, se supone que los fierros te gustan, son lo tuyo, yo no sé… Encima se quejó de que no le pagaban. Y ahí estaba yo, como una boluda, rogándole que se dignara ver el auto, indispuesta total a pagar. No creo que haya nada más seguro para este rubro —y más desesperante para uno—, que un turista en desgracia con el carro desmayado.

Yo me retorcía los bordes de la camisa, del short, los dedos, el pelo y la nariz  de puro nerviosa y de total empapada, así que el resultado fue  una caída de agua a raudales mientras largaba también a raudales un relato sudoroso de los síntomas que presentaba el muy guacho del petiso.

El ex fórmula uno me observaba con agobio creo que elucubrando cómo quitarme de su realidad, cuando sorpresivamente desenfundé el celular, se lo planté en la oreja y le hice escuchar el “traca – traca” previamente grabado para la ocasión.

La verdad, Tacho, que no sé si esto lo conmovió, le resultó admirable, le dio asquete o le atrajo una idea del precio. El asunto es que el tipo apartó el oído del aparato en actitud decidida como médico que no tiene dudas de una peritonitis, acordando de inmediato pasar al otro día temprano a examinar al enfermo.

Un saludo aliviado de ambas partes selló el acuerdo.

Acto seguido repté hasta la próxima parada mecánica, por suerte sólo a tres cuadras. En el camino, unos turistas volvían de navegar súper frescos y boludeando tanto que me llevaron por delante. Creo, Tacho, que los impresioné con mi mirada enrojecida, porque tras un breve intercambio de gestos girándose el dedo índice en la sien, cruzaron la calle en menos de lo que canta un gallo.

El otro mecánico estaba en su taller y también quedó en pasar el domingo a la mañana, aunque me anticipó que seguro era el motor y que me iba a costar los dos ojos de la cara y algún otro ojo, creo que el tercer ojo, no sé… ¡Ah! Y que los repuestos me los iba a tener que ir a comprar al país vecino, o sea, donde estaban los mellizos. Ufff...

El último mecánico… se había mudado hacía dos años. En su lugar había una casa de comidas rápidas y cabinas de Internet.

Volvieron a mi mente afiebrada los mellizos. ¿Y si me arriesgaba y me mandaba para la ciudad fronteriza? Tal vez una vez allá recordara el lugar… Ná. Era un pensamiento enfermo, tipo espejismo, fruto del calorón. Ni loca.

Quise consultar la hora pero no pude: el vidrio del reloj pulsera estaba completamente empañado por dentro. Otro traspirado. Decidí parar el carrerón a la vista de una heladería. Justo al lado, un relojero tomaba mate en la puerta de su negocio, así que aproveché para desagotar el reloj. El hombre dijo que iba a tardar quince minutos; que qué tal si mientras tanto visitaba la plaza de la esquina desde donde tendría “una magnífica vista al centenario reloj de la iglesia”, de cuyo mantenimiento era el orgulloso encargado.

Allá fui aferrada a un helado kilométrico, evaluando que después de todo por lo menos estaba lejos de la neurótica city porteña y sus  marchas, contramarchas, cortes de calle y demás protestas variopintas.

En la plaza de Colón en cambio resonaban pintorescos tamboriles;  seguramente una murga preparándose para los inminentes carnavales, supuse, acercándome para presenciar de cerca el simpático evento.

Qué aventón me pegué, Tacho!

Otra que murga o comparsa. Nooo. Un furibundo piquete vecinal vociferaba frente a la casa municipal al grito de “Hijo de puta, ¡devolvé la bomba!” ¿La bomba? Ay, Tacho, estos están todos para atrás. Una bomba, ¡Por el INDEC! Jeje, ¿qué estaba pasando? Parando la oreja, advertí que los piropos provenían de un emputecido y abigarrado grupete de vecinos que a los rechifles y lamentos reclamaba ¡la bomba de agua! Según pude escuchar, parece que el intendente dijo haberla comprado nueva el año anterior, pero nada más cambió un repuesto que ahora ¡no se conseguía! Ergo, casi todo Colón estaba sin agua, el río en una creciente imparable, 45 grados a la sombra… Y el poncho escondido y el pescado sin vender (o comprar, en este caso).

Si era así, estaba en el horno… no me podría bañar luego de mi acojonada peregrinación en busca de un mecánico no ya honesto, sino dispuesto a saquearme.

Era el colmo. Un piquete por falta de agua en mi modesto paraíso, eso sí que es tener mala leche, Tacho, perdoná la guarangada. Mejor opté por ir a ver la iglesia y su reloj en la torre.

Me topé con otra agrupación de vecinos, niños y scout que se congregaba ante las puertas parroquiales... ¡Aaahh, una misa al aire libre, qué bueno! (¡menos mal…!) Di la espalda al piquete enfurecido y me acomodé entre la gente, dispuesta a vivir un momento místico.

 El cura estaba en plena faena de renovación bautismal rociando con agua bendita a todos los feligreses. Alguien gritó: “Padre, ¡que no hay agua!” ¡Jaja, Tacho, qué delirio! El cura no se arredró: “Bueno, ¡pero esta es agua bendita che!” Y sanseacabó. Todos fuimos rebautizados sin chistar. La verdad, me encantó ese cura, supo crear un microclima algo mágico; de veras, Tacho. Hasta aparecieron las luciérnagas envueltas en una levísima brisa perfumada de azahares.

En tanto, el desmadre contra el intendente en la otra punta de la plaza cobraba un aumento preocupante. Yo por las dudas, una vez rebautizada, di gracias, me perdoné, busqué el reloj y partí rauda y enredada en ¡hebras de luciérnagas!, hacia el hotel. En el que…¡Albricias, Habemus Aqua!


(Continuará)

EL AUTO Y LAS LUCIÉRNAGAS - 3 -



Amaneció el día todo dorado, con 27 grados a la sombra. Claro que en vez de ir al encuentro de una casita con flores frente al río tuve que salir a patear Colón en busca de un mecánico honesto. Me sentí Diógenes motorizado por esos caprichos de la mitología.

Resignada, después de verificar que el petiso seguía en su escondrijo como si fuera el Jorobado de Notre Dame y al borde de darme por injuriada, aplacé la ofensa para otra oportunidad y recurrí al Sereno. 

—A ver, ¿usted sabe dónde habrá un mecánico maso... Como la gente, digamos, por acá? ( final de "El auto y las Luciérnagas -2 -)

El sereno se detuvo en mi cara un largo e incómodo rato. 

— Un mecánico… ¿Cómo la gente, dijo?

— Sí. Justo eso. 

— …

— Perdone, ¿está mal?

— ¿Quién? ¿Yo? 

— No, jaja. Disculpe… No digo que usted está mal. Digo que si está mal pretender un mecánico “como la gente”. 

— Hum… comprendo. Bueno, usted sabe que hay cosas raras.

— Pero… (¡Ay!) Mire, olvídese.

— ¡Ah, no! Claro que hay mecánicos… estee… Mejor le pregunta mañana al dueño, le recomendará lo mejorcito que tenemos. 

— ¿Le parece? ¿Y a mí que me dice? El dueño es de la Capital, en cambio usted es local. ¡Vamos, déle! Qué no va a saber… ¡Por favor! 

— Por eso mismo. Quiero seguir viviendo acá. Ejem. Tengo que verificar las cocheras. Que tenga usted muy buenas noches.

Me encerré en la habitación y escribí de un tirón una parte del “Patio Encantado”

Al otro día, después del desayuno y la 7ma. del “Patio… ”, fui derecho al abordaje del dueño acosándolo con preguntas acerca de mecánicos honestos. 

El tipo no respondió de inmediato, no. Sí se envolvió al toque en un silencio sospechoso ingresando en una especie de estado meditativo o dubitativo, no sé, Tacho, pero me empezaron a asustar los mecánicos locales (si es que había), aparte del de la ruta. ¡Nadie tiraba un nombre! 

Al fin y después de consultar concienzudamente un índice telefónico, el hombre acabó recomendándome una ex - estrella de Fórmula Uno, vecino honorable del pueblo y mecánico joya de esos parajes. 

Jubiladísimo, eso sí.

En esto cayó un tercero que metiéndose de lleno en la conversación agregó dos expertos más, conformando de esta manera una improvisada terna de especialistas en ciencias mecánicas para rodados. ¡Ya tenía tres opciones! Me retiré en medio de reverencias, agradecidísima y transpirada hasta el tuétano. 

Dado que el calor no daba tregua, opté por una ducha y un almuerzo descansado. "Nada es para siempre", me repetía con un optimismo falsete. 

Hacia la tardecita decidí visitar el río, antes que nada. De pronto me sobraba el tiempo. Ahhh... ¡El río! Ya buscaría a los cráneos mecánicos al otro día, a ver qué onda.

Pero mi enorme debilidad con triste sorpresa me aguardaba: la crecida era imparable y la playa brillaba por su ausencia. Apenas se podía circular por el camino costero — otrora florido vergel — convertido en ciénaga a punto de tragarse cualquier vehículo en menoscabo de condiciones.

Me detuve incrédula. ¡Vaya con mi mala racha! Tampoco el río estaba en su sitio. Deambulé buscando un pedazo de playa, una cucharada de arena, medio kilo de ágatas; no sé, algo capaz de testimoniar el ensueño entregado en el pasado. Pero ¡nada! 

Enfrascada en tan apóstatas derrotas, no advertí la trampa fanganosa: el llamado de la madre tierra me detuvo en seco. O mejor dicho, en lodo. Que no seco, qué va. Más que llamado fue un acto del príncipe: me hundí hasta las rodillas en un jodido lodazal. (¿Soy boluda? ¿Qué tan boluda se puede ser?) Muy despacio y ahuyentando de mi imaginación la posibilidad de arácnidos subterráneos ávidos de dedos y talones, fui tirando las piernas hacia arriba despreciando el llamado de la madre tierra en un imperdonable arrebato de negación mística. 

Nunca, pero nunca en mi vida, Tacho, imaginé que la fuerza de gravedad poseyera tal potencia, jeje; no hubo forma de sacar las patas con las ojotas enganchadas al dedo gordo. 

Ni modo. 

Ahí quedaron enterradas, en ofrenda involuntaria al lodazal que me hospedara con tan exagerado sentido de posesión. Casi rezo por ellas, compañeras entrañables de desgracias, gracias y arquetipos colectivos de todo miniturista que se precie. Claro que yo no estaba de turismo; ni mini, ni maxi o extra large. No. Yo estaba de penitencia. Y resulté por lo visto una muy torpe penitente. No me gustan los amores asesinos, Tacho. Y ese era un comienzo cantado.

Entre la filosofía de arcilla que me carcomió las chancletas y el valor que me abandonó, logré el cóctel exacto para obtener la libertad condicional: quedé suelta, librada a mi propio azar, que no garantizaba nada bueno, tal como venía la mano. En patas, eso sí. 

El asunto se complicaba a un ritmo preocupante: de pronto me encontré a oscuras, en patas, a pata y a merced de mi mala pata. Te juro, Tacho que todavía no me entra en la cabeza la mala estrella que me parió en ese reputísimo viaje. 

Me volví al hotel triste, solitaria y final. Mentira, solitaria no: fui regiamente escoltada por una nube de mosquitos antediluvianos que si no eran del dengue, eran hijos de la aspid venenosa. 

El sordo clamor de murciélagos abandonados al cuarto menguante de una luna acosada por tinieblas lacrimosas completaban un cuadro espontáneo de gran dramatismo gótico. 

En eso, ¡pisé mierda! ¡Mierda! ¿Será posible, Tacho? Parece que no era suficiente con tener las piernas embarradas, negras totalmente hasta las rodillas incluidas; no. Debía ir por más. 

Arrastré los pies por el pasto para limpiar un poco la cosa, pero las luces del hotel no me ayudaron a pasar desapercibida. Al verme en semejante maniobra, el sereno, que estaba brindando a unos turistas rezagados una imagen de la impecabilidad del hospedaje, se interrumpió bruscamente con los ojos cruzados sobre mis piernas. 

Nada de Marlene, pobre Dietrich, jeje… 

Detuve en seco el operativo de emergencia limpia-mierda y sonreí como si estuviera en una ceremonia de Feng Shui. A la mirada del sereno se sumó la de los turistas: no todos los días se ven personas luciendo medias tres cuartos de barro, chorreantes y fulgurosas. Francamente, no me atreví a espiar mi reflejo, Tacho. El gran espejo de la recepción me acechaba como un paparazzi impertinente. 

Lo más grave fue que el sereno no me preguntó siquiera por delicadeza qué me había pasado. Eso es feo, Tacho. Parece que esperan cualquier ridiculez de una. En fin, me ahorré las explicaciones, desistí de salir nuevamente y me metí en la cama, previo asegurarme de que sus cuatro patas estuvieran en su sitio.

No fuera a ser cosa…

El auto y las luciérnagas - 2





El del hotel, que a esas horas suele estar en su campo al resplandor de las brasas, esperaba la extraña caravana con una ansiedad de sicótico. De tipo sulfurado al extremo. O como si padeciera hambre, sed, sueño, artrosis, prurito, estreñimiento y embole, todo junto y pasado de rosca.

Bueno, se había hecho un poco tarde, en fin... No todo son rosas en la vida, Tacho.

El hombre igual —calculo que mordiéndose la lengua— me trató con toda deferencia (bien artificial, eso sí). Se esmeró en ubicarme en una habitación cómoda. Pero más que nada, en cuanto advirtió la facha del petiso, la tos y brincos que lo aquejaban, se encargó de adjudicarle un estacionamiento bien discreto. Supongo que para que en caso de muerte súbita no jodiera en lo más mínimo el movimiento del hotel (ni su elegancia, sobria pero intachable).

No te voy a decir que no me chocó, con perdón de la palabrota, pero me la banqué piola. Al fin y al cabo, jeje, el auto había llegado a remolque de una camioneta del primer lustro del siglo anterior, tirado por una soga raída, engrasada, anudada a la que te criaste, como las que aparecen en las pelis del Oeste cuando ahorcan al malo, ¿viste, Tacho? Nada más faltaban las moscas alrededor... Por un instante me sentí en medio de un capítulo de Laramie. Pero enseguida recobré mi presencia de ánimo y recordé que yo no había nacido, che, cuando daban esas series. Estee... Nada. Olvidate.

Igual, gracias a un arranque de generosidad por parte del planeta... ¡volvieron las luciérnagas! ¡Y los grillos, sapos y chicharras! Ahh... Se podía sintonizar el corazón de la noche en el murmullo musical que esos magos invisibles regalaban al oído del pasante.

En tales pentagramas andaba divagado yo cuando el mecánico me plantó la palma engrasada de su manota delante de la nariz.

¡Cierto! ¡El acarreo! Pagando estaba la gansa.

¡Uff... ! ¡Qué tipo más prosaico! Pensando en plata en medio de ese microclima paradisíaco, Tacho. Le pagué con una sonrisa torcida. Encima, tuve que agradecerle la tarjeta que se empecinó en entregarme, como vaticinándome que tarde o temprano moriría en su taller. Niet. ¡Ni cuerda! Ahora, que entre el mecánico y su tarjeta de presentación —muy pomposa ella— había una distancia sideral, es indiscutible, Tacho. Y no es que yo sea mala, ¿eh? Pero de sólo verla, uno jamás podría asociarla con el médico de fronteras que atiende al costado de la ruta.

Que de todo hay en esta viña del Señor, Tacho.

Pero las vides no aparecieron, no. Pese a que yo en ese momento me hubiera quedado con el viñedo completo y todo lo demás que se fuera a la conferencia de Chávez y Cristina... Que la religión tiene crisis bien complicadas a veces, ¿eh?

Nos despedimos todos como viejos amigos (grr, uf, jeje).

En cuanto el mecánico y su ruidosa camioneta arrastrando la soga (no fue capaz de enrollarla siquiera) doblaron la esquina, el del hotel salió disparado saludando apuradísimo, no fuera que me pasara algo más y el tipo tuviera que hacerse cargo, ja, ja.

Al fin solos. El petiso y yo nos miramos con síntomas claros de adiós al romance.

En eso apareció el Sereno a preguntarme si se me ofrecía algo. 

(Sí, mire: se me antoja un mecánico (otro), riñoncitos a la provenzal, tira de asado, del medio y a punto preferentemente, unas fritas, tinto y ensalada de rúcula y queso. ¡Ah! Y pan.)

—No, gracias, señor. Todo bien. Hasta mañana.

Y me fui volando por una ducha, comida en serio y en serie y meditación trascendental para autos deprimidos. De las tres cosas, la ducha —milagrosamente—, no me trajo problemas; la comida la obtuve luego de una caminata fastidiosa. Y en cuanto a la meditación, me vi obligada a reemplazarla por el mandala que formaba el agua del río al arrojar ágatas al azar, pretendiendo hacer “sapitos”.

Finalizada la patriada del 25 de diciembre, un tanto atemorizada de seguir acumulando éxitos, me dormí como un angelito apedreado. O como una piedra angelical. Es lo mismo.

Amaneció el día todo dorado, con 27 grados a la sombra. Claro que en vez de ir al encuentro de una casita con flores frente al río tuve que salir a patear Colón en busca de un mecánico honesto. Me sentí Diógenes motorizado por esos caprichos de la mitología.

Resignada, después de verificar que el petiso seguía en su escondrijo como si fuera el Jorobado de Notre Dame, al borde de darme por injuriada, aplacé la ofensa para otra oportunidad y recurrí al Sereno.

—A ver, ¿usted sabe dónde habrá un mecánico maso... Como la gente, digamos , por acá?

El auto y las luciérnagas - 1





Pocos días me resultan tan desconcertantes como el 25 de diciembre, Tacho. Y no es que me molesten las fiestas; sencillamente, el 25 me agarra desorientada: no tengo hambre ni sed, ni resaca, ni sueño, ni parientes, ni nada. Así que aproveché esa anodina fecha para buscar un refugio de verano.

Un viaje de tres horas y ya estaría a la orillita del río Uruguay pisando las miríadas de ágatas que alfombran la frontera entre la arena y el agua; podría escoger alguna casa con flores y vista a ese “cielo azul que viaja” para vacacionar luego de año nuevo sin necesidad de negociar sobre la marcha. De paso le tapaba la bocaza a mi familia, que ha hecho de la crítica absurda hacia cada paso que doy, su deporte favorito.

No obstante, tuve un rapto de bondad -que atribuyo a esa época del año- y los invité a sumarse a la partida, cuando en realidad me quería ir sola.

Igual, nadie me dio bola.

Es decir, echaron mano al mismo ardid; se hicieron los amables: “Claro, te acompaño.” Pero a último momento se tiraron por la ventanilla del auto. Yo me hice la ofendida, ellos saben que fue puro teatro y yo sabía que ellos sabían que yo sabía.

No hubo drama pues.

Allá fui una soleada tarde de Navidad, más contenta que perro con dos colas. Hice pie previamente en una gasolinera para controlar los fluidos del rodado que, como siempre, estaban ok.

No, si el “petiso” es de fierro.

Fue un viaje delicioso y puntual. En la ruta no había un alma.

La tarde se desnudaba en carmesíes lejanos detrás del verde profundo de los campos, templados por chicharras enloquecidas que preanunciaban jornadas abrasadoras.

 Cerca de las ocho, bajo un cielo crepuscular y trasparente, mi meta apareció al alcance de la vista: “Colón: 12 kmts.” Regio. Puse a Cafrune y Marito a cantar “Río de los Pájaros” y avisé al hotel que estaba llegando. Me sorprendí reflexionando sobre el pecado original, no sé si por culpógena que soy o de opa nomás. En tan trascendentes meditaciones y a medida que iba cebando mi fantasía repleta de sauces y agua dulce, percibí un ruidito... No le di bola. Pero la indiferencia no dio resultado. El "ruidito" enseguida se transformó en un “traca - traca” espantoso, horrible, imposible de ignorar, parecía que el petiso se iba a partir en pedazos.

Lo primero que se me frunció fue el bolsillo.

"Esto es grave”, me aterré. Y por milésima vez maldije al dinosaurio que viene meándome incontinente desde hace dos años.

Me detuve al costado de la autopista frente a un cartel de letras desparejas y gastadas: “Aquí Mecánico las 24 horas.” Observé el predio: una casa de campo, un niñito corriendo gansos, olor a pan recién horneado... Gente de campo. “No es un pirata de las rutas”, razoné. Ergo, me mandé a los trancazos del “traca - traca” que me arrancaba pedazos de corazón.

Enseguida apareció una mujer rubia y seguramente bonita, si no fuera porque le faltaban algunos dientes.

“El mecánico, por favor, ¿está el mecánico? ¿Podrá atenderme?” Casi imploré, recordado que era el atardecer de la Navidad, día inmóvil, si lo hay.

La mujer me dijo que ya venía y el nene aprovechó para mostrarme el camión que le había traído Santa. “¡Qué camionazo, está rebueno!” festejé, pensando que con toda seguridad el juguete andaba mejor que el muy ingrato del petiso.

El mecánico hizo su aparición portando un sombrerito alado y un rictus de gravedad. De inmediato y sin siquiera mirarme, se hundió en los intestinos del petiso haciéndome señas de vez en cuando para que lo ponga en marcha. Al rato se fue, siempre en silencio, para regresar con una valijota repleta de herramientas.

A lo lejos, las primeras luces de la ciudad ribereña de Colón iniciaban su cadena de secretos nocturnos. El crepúsculo era derrotado por un mar sediento de estrellas y una luna llena irrevocable, desbordada de luz. De pronto el campo se tornó plateado y azul, el perfume de los naranjos, esencia elemental... Y el mecánico destripaba mi auto sin piedad. La mujer le alcanzaba las herramientas en una ceremonia silenciosa y grave, de tal suerte que me pareció estar en un quirófano de médicos sin fronteras. En un momento, a una señal del médico, digo del mecánico, la mujer desapareció dentro de un cobertizo.

De regreso a la realidad, me acerqué al hombre preguntándole qué tenía el auto, si ya había dado con la falla, en fin, “¿Se puede saber qué pasó?”, susurré medio aterrorizada por la respuesta que podría recibir... Inútil: el tipo no respondía. Ni siquiera me miraba; continuaba como hipnotizado revolviendo los intestinos del petiso.

Di la vuelta por el otro lado y volví a la carga: "¡Señor! ¿Qué pasó con el auto? ¿Se rompió algo en especial... ?"

Cero pelota.

"¡Señor! ¿Se puede saber cuál es el desperfecto?"

Nada. Ni medio gramo de registro por parte del mecánico.

Caray, ¿cómo es esto de no contestarme, Tacho... ? Después de todo yo era la clienta ¿no? Ni bola me daba el hombre; estaba en otro mundo, metido en el abdomen de mi carro mientras numerosos hilos de sudor le corrían por las mejillas.

No abandoné así nomás, Tacho. No.

“Hey, señor, ¡oigaaa! ¿Se puede saber qué tiene el auto?” “Señor, por favor, ¿me puede contestar?”

Nada.

Justo cuando iba a agarrarlo del brazo, apareció la mujer con una luz portátil. Al reparar que yo hablaba y gesticulaba como una desquiciada, soltó lacónicamente: “Señora, no insista, es sordo.”

¡Mierda! Un mecánico sordo. ¿Existen, Tacho? Deben contarse con los dedos de una mano. Y yo tuve la puntería de dar con uno.

En ese momento la noche ya era un manto decidido de estrellas, los olores campestres se hicieron intensos y bandadas de luciérnagas invadieron el predio en una danza luminosa, bañada de esmeralda y brevedad. Me quedé atónita: no veía una luciérnaga desde no sé cuánto tiempo atrás; tanto, que alguna vez pensé que habían desaparecido por culpa del calentamiento global, o fueron arrastradas por la Corriente del Niño, o el gobierno las había expropiado, vaya a saberse. Pero no. Allí estaban, frente a mis ojos, bellas y distantes, en pleno movimiento.

Desenfoqué la vista y ya no supe distinguir qué era luciérnaga, y qué, estrella.

Me invadió una especie de cansancio bienvenido, así que me derrumbé en el pasto con la mirada directa al cielo surcado por luciérnagas bajo un tapiz de estrellas vacilantes. No sé cómo hice Tacho, pero te juro que me olvidé del auto, del mecánico sordo y la mujer desdentada, del quirófano en medio del campo, del precio de la cirugía de urgencia, y de todo lo que no fuera ese firmamento milagroso que se extendía sobre mi cabeza.

Tampoco sé cuánto tiempo pasó hasta que una estrella fugaz me hizo reaccionar. Enseguida pedí un deseo, por costumbre, por mi niñez, por ... Y no pedí por el petiso, no. Detrás de ella, una lluvia de estrellas fugaces surcó el horizonte para ir a morir quien sabe en qué comisura del tiempo.

Al fin, las cintas amputaron el delirio cósmico que me aquejaba. Sí, las cintas: es que el hombre seguía destripando el auto, mientras la mujer le alcanzaba pinzas, tenazas, destornilladores, cintas... ¿Cintas? ¡Cintas, sí! ¡Estaba encintando cables! ¿Qué otra cosa? O sea, el asunto iba en vías de solución.

Energizada por el seudo viaje astral que me había abducido, pregunté a la mujer si ya estaba listo el muy puto de mi cacharro. Ella a su vez interrogó por señas al mecánico.

El tipo se quitó la gorra y las gafas con una lentitud casi agresiva, miró largamente el vientre abierto del petisito... y ahí se quedó, colgado. ¿De una pesadilla? ¿De un sueño? ¿De cuánto podía cobrarme... ? Yo pensaba todavía más despacio que él... preparada para la patada reparadora de justicia. Pero no. Se mantuvo en un silencio largo y obstinado. Me desanimé al instante: el fulano es, evidentemente, experto en pinchar sueños.

¡Qué de soretes sueltos hay por ahí, Tacho!

En tan deliciosas reflexiones estaba, cuando el tipo abrió la boca. Por fin, menos mal, no era sordo mudo, sino sordo, nada más. Abrió la boca para destrozar sin anestesia cualquier atisbo de ilusión que aleteara en mi cabezota. Claro, total no oye, lo pueden insultar a granel que ni se entera.

Haciendo gala de tan injusta inmunidad, dijo que el auto no estaba listo ni por asomo; que era el motor, que era grave, que iba a costarme una pequeña fortuna, que debía dejar el auto una semana e ir a buscar los repuestos al país vecino.

¡Ay, Tacho! No te puedo explicar el pasmo violento que me sobrevino y la velocidad con la que bajé a la tierra... nada más te digo que las estrellas fugaces son lerdas al lado del ataque que me agarró. Debe haber sido fuerte, porque me puse a dar vueltas alrededor del auto a diez metros del piso, incapaz de soltar palabra.

En el predio se hizo un silencio espeso; el quirófano quedó a oscuras luego de que suturaran las heridas del petiso con un seco golpe del capot.

Una vez soltado el diagnóstico, el médico, la enfermera con el instrumental y el niñito con su camión de juguete desaparecieron dentro de la casa. (Sentí envidia de la fea por ese camión, Tacho, ya sé que es un sentimiento de mierda, pero bueno, el nene lo hizo rodar por el pasto y NO hacía “traca – traca”).

Me quedé sola al lado del petiso agonizante, rodeada de luciérnagas, de lo más molestas.

“Esta gente está rematadamente loca”, pensé.

Por un instante apelé a un desvarío tan pasajero como chaparrón de verano y me pregunté si no se trataría de una pesadilla onda Alicia en el País de las Maravillas, ¿captás, Tacho?

En eso reaparecieron los tres, esta vez sin escalpelos ni el camioncito. Se me pararon delante y me miraron con severidad. Yo no dije nada... ¿Tenía que decir algo? Dado que no se movían, no hablaban, no nada, me senté en una laja y me agarré fuerte la cabeza metida entre las rodillas. Habrán pasado por lo menos tres minutos eternos en los que esta escena no se modificó... Cómo cuando se congela la imagen, ¿viste, Tacho?

Al fin, me incorporé. Creo que los asusté, porque retrocedieron de inmediato.

Dado que se aguardaba alguna reacción de mi parte, dije que no, que gracias, que me remolcaran al hotel y que luego vería.

Sin mediar palabra, en un tris tras, dos gordos -que no sé de dónde salieron- ataron el auto al remolque. Una viejecita sorpresiva, armada de un bastón y sonrisa desdentada supervisaba la maniobra. En menos de lo que canta un gallo estuvo todo listo y allá partimos, en triste caravana, la camioneta del siglo pasado del mecánico arrastrando al muy traidor del petiso con una soga, mientras los gordos y la ancianita saludaban con la mano. Jeje. Incluso me pareció que el muy reputazo del auto se reía de mí.

No sé porqué siempre me suceden estas cosas, Tacho.

El caso es que de la más incontenible furia interior pasé a la lasitud de los condenados.

Para colmo de males, las luciérnagas había desaparecido.

Claro que yo veía todo negro...