Hola, Tacho, querido. ¿Tenés Diclofenac? ¿No? ¿Ibuprofreno? ¡Pero che! ¿Vos qué hacés cuando te abollás, eh? Ah, perdoná, qué dormida. Claro, te caés del lado del bollo y te quedás quieto, total… quien va a quererte abollado. Y sí. El único abollado que conozco y que tiene pique, repique, arrastre –no, no se arrastra, no te pongas cínico, Tachito, s’il vouz plaît- y levante, es el Petiso. Porque a veces lo levanta la grúa, ¿viste? El otro día, sin ir más lejos, fui a poner la ficha al parquímetro y justo lo veo pasar colgado de una grúa de las del Mauri… El espectáculo fue un horror. Te juro, Tacho, que se lo llevaron contra su voluntad. Yo corrí detrás del petiso pero fue inútil. Los tipos aceleraron. Y fijate vos: en mi alocada carrera me pareció notar a un pibe como de veintidós años que trotaba a la par mía. Y, como no puedo mirar al costado y correr al mismo tiempo por el descoyuntamiento de los discos de la columna lumbar que se ve que rebotan en las cervicales o qué se yo, lo relojée de chanfle con muy mala leche, Tacho. Porque, ¿qué hacía ese flaco desesperado atrás de la grúa que se cargaba MI auto? Y menos mal que las minas tenemos esa mirada periférica, viste, que con el rabillo del ojo pescamos los eventos de alrededor, digamos; cuestión que los varones, niet. Será por eso que cuando miran un trasero lo hacen directa y descaradamente, cosa de muy mal gusto. ¡Pobres! Es que no tienen la visión periférica nuestra, Tacho. Nosotras también miramos: me consta por testimonios irrefutables ajenos que se puede mirar y admirar detenidamente un buen espaldar masculino sin que nuestro compañero se aperciba; es por eso de la mirada periferix…
Pero me fui a kilómetros del recipiente.
Buéh, está bien, dame esa aspirina con J&B, ¡qué le voy a hacer!
Buéh, está bien, dame esa aspirina con J&B, ¡qué le voy a hacer!
Como te decía: el petiso se distanciaba sin remedio de mí, arrestado por las huestes del hambriento gobierno porteño que, no es que sangre por la herida, pero mejor que se preparen para el Apocalipsis del juez Gallardo, porque del pecado de la gula no los salva ni el ángel caído. En fin. La ciudad se ha convertido en una trampera de zorros inescrupulosos para incautos, me dije desarticulada, traspirada, hecha mierda y amargada de solo pensar en el insano e ilegítimo costo del acarreo. Sin tener en cuenta la multa. Porque no te voy a mentir. Se van a cagar, Tacho, pero yo espero que prescriba y no pago nada. ¡De acá! Y no es de jodida, noo. Vos sabés que los del remolque exorcístico porteño tienen la concesión vencida hace años. O sea que perdieron los fueros: no son, no pueden, no nada, no existen… ¡No dejan a nadie en paz! No perdonan una y no hay arcángel que les presente batalla, ya sea celestial o infernal. Ejercen la fuerza punitiva sin inconvenientes incluido el cobro de acarreos y otros rubros, desde ya. Sin contrato vigente que los sustente. Ni bendiciones ni maldiciones. (Bueno, maldiciones reciben a diario, pero se ve que se han sellado con la plata del sindicato porteño, porque no se les pincha una goma, ¡me cachis!) ¿Qué por qué no chillé y les presenté alegato de mejor derecho? ¿Te volviste loco? No, Tacho. Mirá: mientras tengan una ventanilla habilitada y el trucho poder que ejercen sobre los martirizados ciudadanos que circulan a duras penas y pullas en cuatro ruedas, esa pregunta no te la contestan. Te la cobran. Y te extienden un papel execrable en el que ni siquiera figura la personería jurídica que los identifica. Ergo, tal posibilidad no constituye un interrogante, sino una certeza.
No importa.
Paré de correr, total ya no distinguía el horizonte citadino. Y de pronto, como en una alucinación recordé que hacía un mes se había quintuplicado el arancel por acarreo sin derecho a alegato previo, ya sea de oreja o de iuris. Jeje. Es que se vienen las elecciones y de algún trasero tiene que salir plata. En fin. Fui a rescatar al peti del secuestro injusto. Claro que antes dije algunas cosas… Bueno, digamos que pequé feo de palabra y de gestos. El muchacho que corría a mi lado se sentó en una saliente de vitrina farfullando compungido: “Ma, yo sabía… Vos no bajaste a tiempo para poner la ficha.” (No, claro, estaba leyendo los rollos del mar muerto para verificar que estuvieran ajustados a derecho) “Y mirá, má, se lo llevaron en dos patitas, y no pude hacer nada” Jeje. ¡Ay, Señor! ¿Qué hacía mi hijo ahí? ¡Ah, sí! ¡Cierto! Vino a buscarme para ir a un cumple en el peti. Mala suerte. Nos lo arrebataron nomás los concesionarios vencidos pero no caídos. Decime si hay que ser cararrota, Tacho, ¡con la facha del pobre, si bien podría ser el rodado de un indigente. ¡Qué insensibilidad! Pero no, para mí que me miraban por el espejo retrovisor cómo corría y argumentaba violación del derecho constitucional de propiedad credencial en alto, suponiendo que tuvieran espejo y que se hayan percatado de mi galopada y chillidos sordomudos. Y al tacho con las protestas. Ay, perdoname, pero es la verdad. No me quiero pelear Tachito con vos, te juro. No te ofendas justo ahora que estoy descoyuntada, dolida, mal herida, ofendida, y repodrida.
Ah, ¿no te conté? De la cintura para abajo ando a corticoide inyectable B 12 limpio. La cosa fue que venía medio ladeada cuando se me cayó una tele de 29 pulgadas de las viejotas y la quise atajar x q venía cayendo de costado. Y la atajé nada más para que se cayera de frente boca abajo (como las tostadas que caen del lado del dulce, ¿viste?) y en el intento de este último ataje empujé con el culo otra tele que iba a sacar para poner esta, que se fue a la mierda también. Me quedé en éxtasis mirando el desmadre agarrándome la cintura un rato, después me acordé que creo en los milagros y a gatas fui y, boca abajo como estaba la tele grandota (la otra ya venía amarreteando media pantalla, por eso el cambio), la di vuelta despacito, con la escoba lista pa' juntar los pedazos de pantalla, pero no, che: hacía más ruido que sonajero de chimpancé, pero andar, ¡andó! Y anda. No se rompió nada, apenas unos raspones que ni se ven. Y suenan cosas sueltas adentro, pero no importa, si todo funciona. Jeje. En un ataque de optimismo pensé que con el golpe se había arreglado la otra tele y capaz se veía la pantalla entera, pero no, esa entró en coma preventivo. Salvada la tele grande, más contenta que perro con dos colas me fui a barrer las cenizas del volcán chileno al patio, pese a un insistente dolor en la pierna izquierda, ovarios, panza y todo lo que se te ocurra del lado izquierdo, costillas incluidas. Ergo, en medio del ballet del barrido de cenizas quedé como bailarina de Colón en paro: en ángulo recto de 90º con la cintura en un grito sin poder moverme.
Lo que siguió es una vergüenza y un calvario que no pienso contarte.
¿Qué decís… ? ¿Que me tome un tinto? Pero, no, che, ¡no seas bruto! ¿No ves que ando con Piridinol, Diclo, B 12, onda corta, magneto y RPG…? No. BoSTA no lo cubre, imaginate vos… Estee, ¿conocés un huesero? No, no dije traumatólogo. Ni chino acupunturista, ni digitopunturista, ni nada de esa fauna. No es que no crea, Tacho, ¡si yo me creo todo lo que me dicen, che! Me refiero a un hue-se-rooo. … Está bien, perdoná. Tenés razón. Traeme el vino, andá. Por no despreciarte, ¿eh? Y porque esta noche le pego al Valium y chau pichu. ¿Que no se puede? Que no se puede, ¿qué, Tacho? Dejate de joder, es media pastillita más tarde. El vino me lo tomo ahora. Vos tranqui...
¿Tenés leverwurst?
No te rías, que esto es serio, Tacho.





